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1983 / el sueño se hace a mano y sin permiso
Celebración de la Memoria

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Evocación a la gestión de Raúl Alfonsín, al cumplirse 20 años de la democracia

Aunque propios y extraños le reconozcan a Konrad Adenauer haber sido el timonel de la recuperación democrática alemana, fue Willy Brandt el que empujó otra vez a su país hacia la vanguardia económica y social de Europa; y si bien fue Adolfo Suárez el que supo atravesar con éxito las enormes dificultades iniciales de la transición democrática española con el Tejerazo incluido-, la modernización y la integración cultural con el resto del continente sólo fueron posibles gracias a la perspectiva estratégica de Felipe González. Pero entonces, ¿qué se puede decir de un hombre que entre nosotros y para nosotros fue Adenauer y Brandt, Suárez y González al mismo tiempo?



La Argentina de 1983 era un país que exportaba torturadores al resto de América Latina; acababa de perder una guerra vergonzante contra un enemigo externo, aunque los mismos que la perdieron se proclamaran triunfadores de la guerra sucia interior; no tenía aliados fuera de sus fronteras y las hipótesis de conflicto señalaban como enemigos a Chile y el Brasil; la industria nacional había quebrado en masa por una política liberal de importaciones con arancel cero; la deuda de los grandes grupos económicos privados había sido endosada al presupuesto público por el entonces presidente del Banco Central, Domingo Felipe Cavallo, con lo que el endeudamiento externo global de 1976 se había multiplicado por 10; el presupuesto de las fuerzas armadas era 4 veces superior al de Educación y oficiaba de presidente un general del ejército, Reynaldo Bignone, que había sido elegido por una única persona: otro general, Cristino Nicolaides, un ultracatólico de ancestros griegos que decía que el marxismo había comenzado 500 años antes de Cristo con las ideas de Sócrates, Platón y Aristóteles.



Ese Cristino Nicolaides, con un sentido de autoprotección que los soldaditos de Malvinas hubieran envidiado, quemó todos los documentos de la denominada lucha antisubversiva y proclamó una autoamnistía que, generosamente, se extendía a todos los involucrados en la guerra sucia: los vivos y los muertos. Lamentablemente, uno de los grandes candidatos al triunfo en las elecciones precipitadas al 30 de octubre de aquel año, Italo Argentino Luder, dijo desde su altura de constitucionalista que aquella pretendida ley de autoamnistía era inmodificable, y que nada restaba por hacer en procura de justicia ante los miles y miles de casos de desaparecidos, una palabra de cuño argentino que repetida así, en español, pasó a significar la mayor de las aberraciones contra la dignidad humana en cualquier idioma y en cualquier parte del mundo.



Desde el 6 de setiembre de 1930, el partido militar se había erigido en el contrapoder o el poder sustituto. De hecho, la alternancia lógica de gobiernos de distinto signo partidario, inherente a toda democracia representativa, en nuestro país se había reemplazado por alternancia entre civiles y militares. O mejor dicho, todo había sido una larga dictadura con apenas algunos esporádicos ensayos democráticos, casi como interregnos.



Las fuerzas armadas se habían constituido en una superestructura de vigilancia política e ideológica, fuera del alcance de las leyes que regían para los demás ciudadanos: sus acciones sólo podían ser observadas o castigadas por jueces militares. Y para colmo, al haberse metamorfoseado con las organizaciones guerrilleras durante la dictadura 1976-1983, muchos de sus cuadros oficiales ni siquiera figuraban en el escalafón castrense y actuaban como agentes encubiertos, tanto aquí como en el exterior.



Ungido Presidente de la República con el 52,8 por ciento de los votos el 30 de octubre de 1983, Raúl Alfonsín asumió la jefatura del Estado el 10 de diciembre de ese mismo año, Día Universal de los Derechos Humanos. Antes de cumplir 48 horas en el ejercicio del cargo envió al Congreso un proyecto de ley anulatorio de la mal llamada Ley de Autoamnistía con la que los militares pretendían garantizarse impunidad. El proyecto fue aprobado y convertido en ley (Nº 23.040) el 22 de diciembre de 1983.



Por decreto Nº 158/83 es decir, de los primeros que firmó-, Alfonsín puso al Estado como querellante en la gran causa contra los delitos cometidos con el alegado propósito de combatir a la subversión. Eliminó el cargo de comandante en jefe de cada una de las fuerzas, reemplazándolo por el de jefe de Estado Mayor; e incluso designó por encima un jefe de Estado Mayor Conjunto, para que se terminaran las disputas pueriles entre el ejército y la armada, o viceversa, que amenudo desembocaban en graves problemas institucionales.



A mediados de 1984, cuando ya estaba en marcha el juicio contra los comandantes en jefe que habían usurpado la conducción del Estado,el Poder Ejecutivo envió al Congreso un proyecto de ley modificatorio del Código de Justicia Militar: ya no serían los militares los que juzgaran a los militares, sino que habría una instancia obligatoria de apelación ante las Cámaras Federales.



Hasta ese momento, el Consejo Supremo de las fuerzas armadas el tribunal castrense- venía mostrándose remiso a cumplir con las instrucciones impartidas por el ministerio de Defensa, en el sentido de que debía abocarse al juzgamiento de los desaparecedores. Después de la modificación al Código de Justicia Militar, ya no hizo falta que el Csonsejo Supremo se reuniera.



La Argentina de Alfonsín se transformó en el primer y hasta ahora único país de la Tierra que juzgó y condenó a los responsables de violaciones a los Derechos Humanos: los crímenes del nazismo fueron juzgados en Nüremberg por tribunales impuestos e integrados por los países que invadieron Alemania tras la Segunda Guerra Mundial; nadie juzgó ni pretendió juzgar todavía los crímenes del stalinismo; nadie juzgó ni pretendió juzgar los cientos de miles de desaparecidos de Guatemala, El Salvador u Honduras, como nadie lo hizo en el Brasil, en el Uruguay, en el Paraguay o incluso en Chile, donde la impunidad de Augusto Pinochet resulta agraviante para la condición humana.



Pero una sana política de gobierno sobre las fuerzas armadas no podía ceñirse al castigo de las aberraciones cometidas por sus integrantes. El ejército fue rediseñado; el comando del Primer Cuerpo, retirado de la Capital Federal y trasladado a Campo de Mayo; se promovió la investigación científica y tecnológica; se eliminaron las hipótesis de conflicto que permanecían virtualmente inalteradas desde fines del siglo XIX, y se promocionó a las fuerzas que más efectivas se manifestaron en Malvinas y mejor pueden desenvolverse en una guerra contemporánea: la marina y la aviación.



En Córdoba se dio impulso al Proyecto Cóndor, con asiento en Falda del Carmen, que llegó a exhibir un desarrollo misilístico sin parangón en toda América Latina, hasta que la docilidad del presidente Carlos Menem ante las presiones norteamericanas signaron su desmantelamiento, ya a principios de los años 90.



De allí, de Falda del Carmen, salió en 1986 el primer bisturí láser concebido, fabricado y utilizado en la Argentina, y esa primera herramienta quirúrgica de alta teconología, producida en un ámbito castrense, fue aplicada con todo éxito hasta 1989 en el hospital Cosme Argerich de la Capital Federal.



Paralelamente se promocionaron actividades tecnológicas convergentes entre el Invap (Instituto de Investigaciones Aplicadas, con sede en la provincia de Río Negro) y el Citefa (Centro de Investigaciones Tecnológicas de las Fuerzas Armadas), con sede en el partido de Vicente López, contiguo a la avenida General Paz.



La Policía Federal, la Prefectura y la Gendarmería fueron despegadas de la estructura orgánica del ejército y la armada, pero aun consideradas todas las fuerzas -las armadas y las de seguridad- con una partida única, su presupuesto se redujo del 6 al 2 por ciento del PBI al cabo del segundo año de gobierno de Alfonsín.



Derechos humanos


¿Por dónde empezar? ¿Por el Alfonsín que fundó la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos cuando la vida no valía un centavo y la tenebrosa Alianza Anticomunista Argentina se enseñoreaba en las calles, entre 1974 y 1976? ¿O por el Alfonsín ya Presidente, que convocó a sus viejos compañeros de resistencia antidictatorial de la APDH para armar la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Conadep?



El llamado Informe Sabato, resultante de la Conadep, no sólo sirvió de base testimonial para el juicio a los represores, sino también como un severísimo llamado de atención al conjunto de la sociedad argentina, que se había desentendido de la represión ilegal, cuando no la había alentado por acción u omisión.



Y a tal extremo llegaba la falta de compromiso, que ningún legislador de la oposición quiso integrar esa Conadep de la que Graciela Fernández Meijide fue secretaria ejecutiva y en la que bajo la presidencia de Sabato trabajaron personalidades como René Favaloro, Hilario Fernández Long, Carlos Gattinoni, Gregorio Klimovsky, Marshall Meyer, Jaime de Nevares, Magdalena Ruiz Guiñazú y los diputados Santiago López, Hugo Piucill y Horacio Huarte.



Antes de que concluyera su primer día de gobierno, Alfonsín creó con rango presidencial la secretaría de Derechos Humanos de la Nación, y la puso a cargo del enorme filósofo humanista Eduardo Rabossi.



A través de inmediatas reformas al Código Penal, el delito de torturas fue equiparado al de homicidio a los fines de evaluar el castigo; fue suprimida toda legislación discriminatoria por cuestiones de raza, nacionalidad, género o religión y nuestro país comenzó a ser observado por todo el mundo como el modelo a imitar en materia de garantías para el ciudadano.



Pero un solo acto de gobierno permite prescindir de todo otro comentario y toda otra enunciación: en abril de 1984 la Argentina suscribió en plenitud el Pacto de San José de Costa Rica.



Justicia


La gran rémora, y el rubro en el que mayores retrocesos se verificaron después de 1989.



El primer gran gesto de Alfonsín, aun antes de asumir formalmente la jefatura del Estado, fue ofrecerle la presidencia de la Suprema Corte de Justicia a su derrotado en las urnas, Italo Luder. El candidato justicialista declinó el compromiso, aduciendo que debía dedicar todas sus fuerzas a reorganizar su partido.



Luego sobrevino un debate, forzado por los medios de comunicación, acerca de si se debía o no modificar la integración de la Corte, por aquella tan meneada continuidad jurídica del Estado que parecía ser una obligación moral para los gobiernos constitucionales y una cuestión abstracta para los dictatoriales. Alfonsín decidió que ninguno de los jueces que había jurado por los estatutos del Proceso podía estar a cargo de la interpretación constitucional de las leyes emanadas de un Congreso democrático. Sustituyó a todos los ministros de la Corte y decidió que se desempeñarían como titulares de los juzgados federales sólo aquellos jueces que merecieran el acuerdo del Senado.



La Corte de 1983 fue un modelo de ecuanimidad y jerarquía intelectual, integrada por Genaro Carrió (independiente), Jorge Bacqué (liberal), Enrique Petracchi (peronista) Augusto César Belluscio (radical) y Carlos Fayt (socialista). La Cámara Federal de Apelaciones, que asumiría la histórica tarea de juzgar a los represores con actividad en el ámbito capitalino, quedó conformada por Ricardo Gil Lavedra, León Carlos Arslanián, Jorge Torlasco, Guillermo Ledesma, Jorge Valerga Aráoz y Andrés DAlessio.



Estas designaciones fueron convenidas con la mayoría justicialista en la comisión de Acuerdos del Senado de la Nación. Hay que decir que en el Senado, a pesar del 52,8 por ciento de los votos obtenidos por Alfonsín y dada la sobrerepresentación de las provincias chicas, desde el 10 de diciembre del 83 hubo mayoría justicialista, y esa mayoría se expresaba de manera patente en la comisión clave de Acuerdos, donde Vicente Leónidas Saadi lideraba a 6 senadores propios sobre un total de 11. De ahí que la mayor parte de los jueces y camaristas federales del interior fueron designados por Saadi, y de ahí también que ninguna Cámara Federal del interior haya seguido la actitud de la Cámara Federal de la Capital, en cuanto a juzgar a los responsables de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.



Y tal como había querido hacer con la Corte, ofreciéndole la presidencia a su opositor político, Alfonsín designó al frente de la Fiscalía Nacional de Investiaciones Administrativas el órgano de contralor republicano de los actos de gobierno- a un reconocido adversario, Ricardo Molinas, del Partido Demócrata Progresista de Santa Fe, fiel continuador de la línea política de Lisandro de la Torre.



El ejemplo vino de arriba, en esa Argentina inaugural de 1983.



Economía


Jorge Wehbe, el último ministro de Economía del Proceso, declaró en vísperas de la transición: Les estamos dejando un paquete que nunca podrán desatar. Envuelta en mil pliegues, en el centro de ese paquete, la deuda externa, ilegítima, inmoral y fuente de todas las corrupciones. El gobierno constitucional derrocado el 24 de marzo de 1976 había dejado una deuda externa pública de 5.700 millones de dólares, que durante la dictadura se transformaron en 55.000 millones, sin que se haya construido una sola obra pública, ni un solo camino nuevo, ni un solo puente, ni una sola represa, ni un solo gasoducto.



Yacimientos Petrolíferos Fiscales, puesta bajo la presidencia del ex general Carlos Guillermo Suárez Mason, fue la única compañía petrolera del mundo que en la segunda mitad de los años 70 arrojó pérdidas.



Lo primero que atinó a hacer el ministro Bernardo Grinspun fue dilatar los compromisos de pago, y en coordinación con el canciller Dante Caputo, siguiento instrucciones específicas del presidente Alfonsín, se iniciaron conversaciones con los gobiernos del área latinoamericana para organizar un Club de Países Deudores, a fin de renegociar en conjunto los términos de la deuda externa. La idea pareció prosperar, con el acuerdo del Brasil, hasta que el departamento de Estado norteamericano presionó al presidente de un país clave, México, y el proyecto naufragó.



En cuanto a la deuda interna, se implementó el Programa Alimentario Nacional (PAN), en coordinación con el Programa Materno Infantil y los comedores escolares y preeescolares. Más de 5 millones de personas recibieron durante 5 años 14 kilos mensuales de alimentos a través de las cajas PAN. Pero no fue un esquema asistencialista clientelar como otros, sino que alrededor del PAN crecieron programas de participación comunitaria y solidaria, se promovió la construcción de viviendas, se estimularon nuevas pautas alimentarias y mediante agentes formados especialmente, con la ayuda del sistema sanitario integral, se llevaron adelante tareas permanentes de educación para la salud y control del crecimiento y el desarrollo de los chicos, y en los casos de desnutrición hubo ayuda suplementaria en alimentos e indumentaria.



Sobre la misma estructura de dinámica social generada por los agentes PAN se puso en marcha un sistema de compras comunitarias al por mayor y un programa autogestionario de huertas y granjas, y simultáneamente se promovió la utilización del Manual de Saneamiento Ambiental realizado por el ministerio de Salud y Acción Social para construir letrinas, zanjas, pozos, etc..



No puede soslayarse la concurrente tarea de la secretaría de Acción Cooperativa, a cargo del Dr. Héctor Polino como se sabe, una figura extrapartidaria-, con muchos puntos de contacto con los emprendimientos descriptos someramente en el párrafo anterior. En los 5 primeros años del gobierno de Alfonsín las cooperativas crecieron a un ritmo de 3 entidades nuevas por cada día hábil de gestión. Hasta el 10 de diciembre de 1983 había 4095 cooperativas en todo el país, y desde entonces hasta 1989 se crearon 3367 cooperativas nuevas: 427 agropecuarias, 291 de consumo, 88 de crédito, 300 de provisión, 315 de servicios públicos, 876 de trabajo, y 1069 de vivienda y construcción, a las que hay que sumar 6 federaciones agropecuarias y 34 urbanas. Un aumento del 80 por ciento, que nunca había experimentado antes la Argentina en tan poco tiempo, a tal punto que la Alianza Cooperativa Internacional decidió abrir una oficina en Buenos Aires (la séptima del mundo) para atender desde acá todos los asuntos cooperativos de América del Sur.



La modernización saboteada


Con su gobierno virtualmente plebiscitado en las elecciones de renovación parlamentaria de 1985 en las que el radicalismo se impuso en todos los distritos provinciales del país, salvo La Rioja, Corrientes y Formosa-, el presidente Alfonsín sacudió a propios y extraños con su célebre discurso de Parque Norte, el 1º de diciembre de aquel año.



Conocedor como nadie, a esa altura, de las limitaciones del Estado como herramienta de cambio positivo, y advirtiendo antes que ningún otro político argentino las mutaciones económicas, ideológicas y culturales que implicaba la incipiente aplicación del chip en la producción y los servicios, Alfonsín convocó a un gigantesco pacto social, o mejor dicho a una sucesión de pactos de convergencia democrática como garantía de la transición.



Y ya estaba claro que no se trataba sólo de una transición hacia la democracia, sino también hacia un Estado moderno y una sociedad a la altura de las circunstancias.



En Parque Norte, un ámbito deliberadamente ajeno a los despachos oficiales, el presidente del país les habló a los delegados ante el comité nacional de su partido, pero a través de ellos les habló a todos y cada uno de los argentinos, invitándolos a suscribir un acuerdo para establecer un sistema de reglas de gobernabilidad, y otro acuerdo para encarar las reformas estructurales que la revolución tecnológica en ciernes requería, todo bajo una triple bancera: modernización, democracia participativa y ética de la solidaridad.



Entre la oposición cerril del peronismo y la concepción a veces pueblerina del oficialismo radical, el mensaje de Parque Norte pareció quedar incomprendido.



Pero Alfonsín emprendió el camino de la modernización, convencido de que no era el mejor camino, sino el único. Contaba desde el 14 de junio del 85 con una herramienta económica imaginativa y audaz, que al cabo de los seis primeros meses ya había mostrado su eficacia: el Plan Austral, implementado por el hasta entonces secretario de Planificación, Juan V. Sourrouille.

El empeño keynesiano de Bernardo Grinspun no había alcanzado: la inflación devoraba los mejores esfuerzos de la administración, desalentaba la producción, generaba ganancias fabulosas a los especuladores y agiotistas...



El tema era cómo atacarla. Según ha dicho el propio Sourrouille, la inflación es en sí misma una desgracia, pero aun peores son los efectos de los planes para erradicarla. Desde la perspectiva cepaliana de Sourrouille, la inflación es la expresión de un sistema fuera de equilibrio, o sea desajustado o fuera de cauce, y por consecuencia lógica todo programa aintiinflacionario conlleva un criterio de ajuste o reajuste, hasta hacer que el sistema vuelva a una posición de equilibrio. El tránsito del desequilibrio al equilibrio suele ser doloroso para los sectores populares, en tanto se aplican dosis variables del recetario ortodoxo del Fondo Monetario Internacional, cuya primera prescripción consiste en disminuir el nivel de actividad económica.



El Plan Austral se propuso ser el primer programa antiinflacionario de corta transición, eludiendo el recetario fondomonetarista de desempleo y caída de salarios. El Austral combinó algunos elementos convencionales -como el equilibrio de las cuentas públicas y la contención de la emisión monetaria-, con una medida excepcionalmente utilizada antes, como el congelamiento de precios y salarios, y una rotunda novedad, que fue la reforma monetaria con un inédito mecanismo de desagio para evitar beneficios o perjuicios injustos derivados del mecanismo de conversión de una moneda a otra.



El Plan Sourrouille o Plan Austral, estudiado como shock heterodoxo por los economistas de todo el mundo, se aplicó casi sin modificaciones un año después en el Brasil y en Israel.



En nuestro país tuvo resultados espectaculares: la inflación de 1983, generada por la estampida dictatorial, fue del 1.362 por ciento; durante el primer año de gestión de Alfonsín se redujo al 688 por ciento; en 1985 cayó al 385,4 por ciento y en 1986 fue del 81,9 por ciento, la más baja desde 1972 hasta entonces. Mientras tanto, el salario real del sector público crecía un 8,6 por ciento al cabo de los 3 primeros años de gobierno, y el salario real del sector industrial privado crecía un 20,7 por ciento en igual período.



A principios de 1989, el candidato radical a la presidencia, Eduardo Angeloz, reclamó la renuncia del ministro Sourrouille, porque a su entender le restaba posibilidades electorales. Cuando finalmente se produjo el triunfo del candidato peronista, Carlos Menem, la paridad entre el dólar y el austral era de 14 unidades de la moneda argentina por cada divisa. Al arrancar esa larguísima transición del 14 de mayo al 10 de diciembre, algunos operadores de la banca extranjera hicieron su trabajo: Guido Di Tella, que sabía que su destino inmediato era la embajada argentina en Washington, arrellanó el colchón para las relaciones carnales: vaticinó que ellos pondrían un dólar alto, recontraalto, como de 1.000 australes. Por supuesto que semejante dato generó una inmediata furia especulativa con devastadores efectos inflacionarios, frenó la producción porque todos los australes se destinaron a comprar dólares-, derivó en desabastecimiento y descontrol de los mercados, y finalmente la cesión anticipada del poder. Porque mientras mayor era la demanda de dólares, menor era el flujo de divisas en el mercado local, gracias sobre todo a que Domingo Felipe Cavallo designado canciller- viajó en junio del 89 a Nueva York, donde en sucesivas entrevistas con sus amigos banqueros frenó el giro de los créditos gestionados y obtenidos por el todavía gobierno de Alfonsín.



Lo curioso es que algunos de esos mismos bancos, como el Morgan, el City, el Boston y el Chase, habían utilizado un criterio inverso en 1983: cuando Grinspun llegó al ministerio de Economía, se encontró con la desagradable sorpresa de que sólo había 102 millones de dólares de libre disponibilidad, y tenía que afrontar de inmediato el pago de los salarios y el aguinaldo. O sea: en 1983 los bancos norteamericanos adelantaron los desembolsos previstos para el primer trimestre de 1984, y en 1989 postergaron para el segundo semestre las remesas comprometidas para el primero.



Una evocación vertiginosa


Una síntesis del gobierno de Alfonsín, tan apretada como ésta, siempre va a ser precaria, incompleta e injusta. Habría que detenerse en capítulos esenciales como el de la la promoción de la mujer con mecanismos tales como la ley de patria potestad compartida, la divulgación de métodos de control de la natalidad, la entrega gratuita de anticonceptivos-; o la Ley de Seguro Nacional de Salud por la que tanto luchó el diputado Aldo Neri y que implicó devolverles a los muchachos el control de las cajas de las obras sociales sindicales, porque si no la ley no salía-; la ley de divorcio...



En 1983 la Argentina era uno de los cuatro países del mundo cuya legislación impedía que los miembros de matrimonios disueltos volvieran a casarse. A pesar de las presiones de la iglesia católica sobre el propio Presidente, y de movilizaciones tan ostentosas como la de monseñor Ogñeñovich de Luján a Plaza de Mayo, la ley de divorcio vincular se hizo realidad a mediados de 1986, promulgada de inmediato por el Poder Ejecutivo.



En febrero de 1984 el presidente Alfonsín disolvió el tenebroso Ente de Calificación Cinematográfica, que desde hacía medio siglo imponía una censura oscurantista a la producción de bienes culturales y al acceso de los ciudadanos al disfrute y consumo de esos productos, tanto locales como extranjeros.



Ese mismo mes de febrero marcó el final de la censura en radio y televisión que hasta entonces se aplicaba a través del Comfer, cuyas autoridades, mediante una simple circular a los titulares de medios electrónicos, dejaron de exigir el mantenimiento archivado de las cintas testigo, una especie de espada de Damocles que colgaba sobre los periodistas durante meses, exponiéndolos a sanciones y represalias por vía judicial.



La Argentina ganó en 1986 su primer Oscar de la Academia de Hollywood por una producción de Luis Puenzo referida, casi obviamente, a la historia de represión y pérdida de la identidad que había experimentado nuestro país durante el Proceso...



Por ese entonces la ciudad de Buenos Aires, en particular, y las de todo el país en general estallaban de espectáculos gratuitos de altísimo valor artístico, mientras los medios de comunicación experimentaban, casi tanteando los eventuales límites éticos y morales, un vacío de censura y una consecuente libertad de expresión como nunca se había visto ni se vería en la Argentina. La directora del Programa Cultural en Barrios, Virginia Haurie, recuerda son una sonrisa cuando hubo que convencer a los vecinos de Saavedra de que la presencia de la actriz francesa Annie Girardot no era en película, sino de cuerpo y alma, o cuando una señora de Mataderos, después de escuchar al dramaturgo Fernando Arrabal en una disertación sobre la vida sexual de Cervantes, se llevó la mano a la boca y sentenció: Todos los días se aprende algo nuevo.



Provincias como Córdoba y Río Negro experimentaron terapias psiquiátricas exitosas con manicomios abiertos; los maestros tuvieron al fundador de la CTERA, Alfredo Bravo, al frente de la secretaría para la Actividad Profesional Docente del ministerio de Educación; llegaron a funcionar simultáneamente 7.000 centros de alfabetización, y mientras tanto Zubin Mehta actuaba en la 9 de Julio, el Centro Cultural General San Martín era un hervidero de ideas y realizaciones, el Cabildo cordobés dejaba de ser una mazmorra policial para transformarse en un ámbito de promoción artística, las universidades públicas recuperaban autonomía y al influjo de la mística de la Reforma del 18 duplicaban y en algunos casos triplicaban su matrícula de inscriptos...



Si una cifra estadística puede justificar o explicar todo un gobierno, es ésta: en el último trimestre de 1988, más de 8,4 millones de argentinos concurrían diariamente a un aula.



Relaciones serias


La Argentina dictatorial, quedó dicho, era un país que causaba espanto y desprecio en el resto del mundo. Estuvo a punto de envolverse en una guerra fraticida con Chile en la Navidad de 1978, fue nomás a la guerra con Gran Bretaña en 1982, intervino activamente en el derrocamiento de la presidenta constitucional de Bolivia, Lidia Gueiler, en 1980, y sus asesores en tortura se diseminaban por toda Centroamérica, sin olvidar las andanzas del Centro Piloto de París ni el intercambio de información y prisioneros políticos del Plan Cóndor.



Fieles a la perdurable doctrina que expuso y aplicó Hipólito Yrigoyen, sostendremos en nuestra política exterior los principios de la soberanía nacional, la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la igualdad de los Estados soberanos y la solidaridad latinoamericanas, advirtió Alfonsín el 10 de diciembre de 1983. Y precisó, por las dudas: La nuestra será una política de independencia, basada en el reconocimiento del pluralismo ideológico y el decidido rechazo de toda forma de imperialismo, colonialismo o neocolonialismo, cualquiera sea el poder que los respalde o la magnitud de los poderes que los impulsen.



La política exterior democrática se disparó en varias direcciones: primero a resolver el conflicto limítrofe con Chile donde todavía imperaba Pinochet-, después a constituir el embrión de lo que sería el Mercosur, y con esta plataforma de paz asegurada y hogar ampliado, incidir activamente en la democratización del continente latinoamericano.



Quedan algunas postales imborrables de aquel viaje de regreso de la Argentina hacia el mundo.



Por ejemplo, el plebiscito para superar los diferendos limítrofes con Chile en el área del canal de Beagle. El debate televisivo entre el canciller Dante Caputo y el senador Vicente L. Saadi. El acto en la cancha de Vélez Sarsfield, con la presencia del secretario de Cultura del gobierno nicaragüense, el cura poeta Ernesto Cardenal. El triunfo del Sí a la paz en las urnas (82,1 contra 17,9 por el No) y la casi derrota en el Congreso, donde los legisladores peronistas votaron en contra del acuerdo, e incluso en el Senado la norma se aprobó por un solo voto de diferencia, casi tal como había ocurrido con el proyecto de ley de Democratización Sindical, aprobado en Diputados pero rechazado por un solo voto en la Cámara Alta...



O aquella perenne de Alfonsín siguiendo con atención el discurso del megalómano Ronald Reagan, abril de 1985... El continente entero, señor Presidente argentino, tiene que rechazar la tiranía impuesta en Nicaragua. Escuchar esa admonición y guardar el discurso de circunstancias que ya tenía en la mano fueron un solo acto de Alfonsín, que improvisó una filípica sin precedentes ante el dueño del planeta: Estamos dispuestos a empeñarnos el lucha, pero en defensa de la no intervención y para que se respeten las libertades y los principios de autodeterminación de los pueblos latinoamericanos tal como se respetan las libertades en su propio país, señor Presidente.



O las dos postales de Cuba, la diurna ante un millón y medio de cubanos que desfilaron con la bandera argentina delante del presidente Alfonsín- o la noctura, en el Tropicana, Fidel y Alfonsín en la misma mesa, bajo una lluvia inoportuna...



Alfonsín en Tokio, en Moscú, dándole la bienvenida en Buenos Aires a Felipe González, a Sandro Pertini o al primer ministro chino, o en una modesta confitería barilochense, junto al lago Gutiérrez, firmando con el presidente brasileño José Sarney el acta fundacional del Mercado Común del Sur... Y el canciller Dante Caputo -activo promotor del Consenso de Cartagena, del Grupo Río, del Grupo de los Seis, del Grupo de Apoyo a Contadora y de los acuerdos de asociación comercial con España e Italia- elegido por aclamación secretario general de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1988...



La Argentina que producía espanto y desprecio había quedado atrás, por la forma en que Raúl Alfonsín interpretó y cumplió con el mandato popular del 30 de octubre de 1983.



El Preámbulo


La dictadura oligárquico-militar se retiraba a restañar las heridas de la guerra absurda librada contra Gran Bretaña. La sociedad argentina, sumida en el terror durante más de siete años, había perdido todos sus marcos referenciales: no se sabía quiénes eran los amigos y quiénes los enemigos en el mundo exterior, ni qué era lo bueno y qué era lo malo de las fronteras para adentro. Había calado hondo el no te metás como consigna de supervivencia, y el estigma de los desaparecidos se sobrellevaba con un levantamiento de hombros y un comentario de evasión: Por algo habrá sido. Con la inflación descontrolada, un déficit fiscal que llegaba casi al 40 por ciento, una deuda externa del orden de los 67 mil millones de dólares y un desempleo de más del 13 por ciento, sólo cabía ponerse a rezar. Y apareció alguien que propuso una oración laica que tenía una gran virtud: transformaba en tierra de promisión aquel territorio del que todos querían huir. Para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino. Lo curioso es que haya sido el más racionalista de los dirigentes políticos, el menos demagógico, el único que se había negado a subir al famoso avión de Malvinas, quien oficiara el auto sacramental de darle vida y sentido, otra vez, a la Constitución Nacional.




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ALFONSIN: YO NO EXTRAÑO EL PODER PORQUE LOS RADICALES NO LO GOZAMOS, LO SUFRIMOS

A 20 AÑOS DE LA GESTA DEMOCRÁTICA
Entrevista de Eduardo Aulicino. Clarín, 30/10/03

¿Cómo ve aquel 30 de octubre, qué cree que dejó?

Bueno, desde luego que fue muy bueno. Yo sentía una gran responsabilidad, porque quería cumplir con todo lo que me había propuesto. Sin embargo, la crisis no me dejó. Eso sí: nadie puede acusarme de haber dado un paso en contra de lo que me había comprometido. Lo bueno que quedó es que gozamos de libertad. Porque, incluso, el gobierno de Carlos Menem no nos quitó libertad, ni política ni de prensa. Y lo malo es que seguimos muy flojos en materia de igualdad. Y la democracia se compone de estos dos elementos, libertad e igualdad, a pesar de que la derecha diga lo contrario.

¿Cuál fue el momento más angustiante de su gobierno?

El impacto mayor lo sufrí con el levantamiento de Aldo Rico en Semana Santa. Fue un impacto muy fuerte a pesar de que los jefes de Estado Mayor me venían diciendo cómo estaban las cosas en las fuerzas y cómo eran los problemas. Por eso ya habíamos pensado en cierta forma en la ley de Obediencia Debida. Yo lo había anunciado antes de lo de Rico. La gente atribuye la ley a una supuesta negociación. No es cierto. Y el mismo Rico lo reconoció.

Pero fue un retroceso...

Lo viví con dolor. Pero cuando empezaron los tribunales a llamar a militares de menor jerarquía y no se presentaban, comprendí que en pocos meses se me desgranaba el poder. Entonces volví a lo que ya había dicho sobre las responsabilidades mayores: las juntas militares, los jefes de cuerpo.

Veinte años después, la Obediencia Debida sigue siendo tema de debate.

Yo he hecho una carta a todos los legisladores y a los presidentes de bloque de mi partido para decirles que no se sintieran de ninguna manera obligados por lo que yo hice, porque las circunstancias han cambiado, y actuaran como sus conciencias les dictaran. Hay gente que quedó en libertad y merece ser juzgada.

Muchos atribuyen parte de sus problemas de gobierno a su tozudez. Y se recuerda cuando se subió a un púlpito a replicarle a un capellán...

¡Bueno, pero me estaba diciendo una cosa tremenda! ¡Estaba diciendo prácticamente que mi gobierno era pura corrupción! No podía aceptarlo. Yo soy católico y sé lo que puedo hacer. Cuando terminó, pedí la palabra y dije que si tenía pruebas las presentara a la Justicia y si no, que las llevara al fiscal Ricardo Molinas.

¿Y la tozudez?

Bueno, yo no sé. Le llamaban tozudez a cosas que a veces son convicciones. A mí me querían convencer de que hiciera determinadas cosas y no me iban a convencer. Por ejemplo, yo me he negado a pagar la deuda sobre la base del hambre del pueblo y no arreglé con el FMI. Así me fue después: el Fondo se desquitó, el Banco Mundial también y el propio Domingo Cavallo se reunía con los acreedores para decirles que si no nos obligaban a pagar lo que debíamos ellos iban a considerar que se estaban inmiscuyendo en la política inter na del país.

¿No le parece que erró el cálculo sobre la crisis económica?

Yo no me imaginaba que me entregaban el Gobierno ya en default. La deuda venía desde atrás y hay una corresponsabilidad en ello. Le habían prestado a gobiernos militares sin responsabilidad alguna. Por eso digo que tiene que haber una quita de parte de los organismos internacionales a nuestra deuda.

Dice que previó la crisis militar y lanzó la Obediencia Debida. ¿No previó que podía darse un golpe económico?

Es que la fuga de capitales se produjo inmediatamente. Cuando se produjo el levantamiento de Seineldín en Villa Martelli en diciembre del 88 y un mes después el ataque a La Tablada se perdió toda posibilidad de considerar gobernable a mi gestión.

¿Pero no le sirvió de señal el fracaso del Plan Austral y la derrota electoral del 87?

El Plan Austral era una obra maestra. Pero la CGT, que actuaba como ariete del peronismo, se reunió y dijo lo sé por un hombre que estuvo en esa reunión: 'A ver cómo hacemos para que esto tenga problemas'. Entonces salieron a reclamar de inmediato aumentos de sueldo. Y al mes, yo tenía una huelga general. Me tragué las 13 o 14 según se mida huelgas generales que hicieron.

Usted es un buen lector de ciencias políticas, de historia... ¿Se busca en la bibliografía, ahora que pasaron 20 años? ¿Le da curiosidad ver qué se dice de su gobierno?

No demasiado. Ahora estoy por sacar un libro en el que hablo de todas las macanas de que se me acusa. Es un alegato a favor de lo que hice. Se va a llamar "La estatua de sal", porque en algunos casos sucede como la mujer de Lot, que miró hacia atrás y quedó convertida en una estatua de sal. Es como si la sociedad argentina no hubiera comprendido que han pasado veinte años...

¿Ahí hace alguna autocrítica o sólo es una defensa?

Yo ataco... Nosotros somos el partido que más autocrítica ha hecho. Yo salí del gobierno y a los dos meses hicimos un seminario de autocrítica que duró mucho tiempo... Yo he cometido errores, pero nadie puede decir que hemos actuado en contra de lo que nos habíamos propuesto, por eso me dicen tozudo...

¿Y cuál es la crítica que más le duele?

Todas son dolorosas. Sobre la Obediencia Debida comprendo que haya gente que no esté de acuerdo. Igual que con el Pacto de Olivos: yo tolero que se piense que podía haber resultado distinto. Pero una de las cosas más dolorosas que yo no acepto es cuando dicen que huí del gobierno. Demasiado dolor tuve para entregarlo antes de tiempo.

¿Se extraña el poder?

Es muy cierto lo que dicen los peronistas de que nosotros los radicales no sabemos gozar el poder. Nosotros lo sufrimos. Así que yo, particularmente, no lo extraño en absoluto.




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Agradecemos a Margarita Ronco, quien gentilmente nos ha cedido material para publicar en esta página.