Home

En la Internacional Socialista | MEMORIA POLITICA | Vamos al Congreso Ideológico | 24 de marzo: ante un gobierno sin memoria, reivindicación. | Documentos | CV de RA | Por el mundo | 2004 ,Visión alfonsinista | Nuestra voz | Las palabras que vencieron el miedo | Columna de Opinión | Derechos Humanos / Decisiones Históricas | Celebración de la Memoria
1983 / el sueño se hace a mano y sin permiso
Las palabras que vencieron el miedo

Discursos del Dr. Raúl Ricardo Alfonsín

1.
DISCURSO DE RAUL ALFONSIN EN EL ACTO POR LOS 20 AÑOS DE LA DEMOCRACIA
Estadio de Obras Sanitarias, 30 de Octubre de 2003

Queridas amigas y queridos amigos:
En primer lugar deseo agradecer la presencia de todos ustedes y muy especialmente de aquellos que proveniendo de otros partidos, han dado toda una prueba de conducta durante su vida, como Antonio Cafiero, que hoy nos acompaña; como Graciela Fernández Meijide, luchadora infatigable de la CONADEP y de los derechos humanos; como Diana Conti, que ocupa mi lugar en el Senado hoy y que lo hace con éxito.
También quiero agradecer y me resulta particularmente emocionante, la presencia de los Camaristas Federales que juzgaron a las Juntas Militares.
Nos hemos reunido hoy sin distinciones políticas, debe haber gente de otros partidos también acá, discúlpenme, no los alcanzo a percibir y, según me habían dicho, a lo mejor hay algunos de mis ex Edecanes que llegaron a cargos altísimos a través del tiempo, en la Armada, en el Ejército y en la Fuerza Aérea. A todos ellos, un millón de gracias.
Y bien hemos señalado que nos hemos reunido con el propósito de despejar el primer acto de la transición democrática. Pero a mi me parece que debemos analizar un poco esta palabra, o esta frase.
Yo pienso que quizás sea demasiado apresurado hablar de democracia que, como ustedes conocen, de acuerdo a mi concepción, no es de ninguna manera sinónimo de República. La República es la que nos preserva de un poder arbitrario que puede torturarnos, meternos presos y hacer lo que quiera con nosotros. Pero sobre esas libertades básicas y fundamentales, desde luego, se construye luego la democracia, con las libertades positivas, con los derechos sociales. Y, evidentemente, yo creo que los dos pilares fundamentales son la libertad y la igualdad y estamos todavía, a pesar de los esfuerzos que se han hecho y que se siguen haciendo, en una democracia renga. Porque hemos logrado la libertad, es cierto, las libertades negativas que nos concede el hecho de la existencia de las instituciones republicanas, pero no hemos logrado todavía la igualdad, que es fundamental, es esencial en cualquier concepción democrática.
Es evidente que para lograrlo tenemos que superar muchos obstáculos que se han opuesto a la posibilidad de concretar esa búsqueda permanente de la igualdad. Podemos comenzar por lo más elemental, el hecho de tener un Estado. Al Estado lo comprenden los organismos fundamentales, que dan normas generales; y también los secundarios pero, además, la Nación en su conjunto. Y la verdad es que necesitamos la construcción de una República democrática. La República fue alabada muchas veces, pero era la República que no tenía nada que ver con la democracia, como la de Venecia, como la de la inspiración de Motesquieu, que se sintió atraído por la forma de gobierno inglés, los lores, los comunes y el rey, aunque evolucionó luego, claro está.
Pero yo pienso que los obstáculos que tenemos que superar, debemos analizarlos. Es por eso que no me voy a referir a nada del pasado. Voy a hacer un discurso en el que pretenderé desde mi propia humildad- dar las pautas básicas de los obstáculos que debemos superar para obtener esa República democrática y levantar los dos pilares al mismo tiempo.
En primer lugar, claro está, el Estado, que tiene que ser autónomo frente a los poderosos de adentro y soberano frente a los poderosos de afuera que pretenden imponernos su voluntad permanentemente. Un Estado serio que tiene dos obligaciones fundamentales:: una, es la de lograr defender al hombre o a la mujer de cualquier tipo de explotación, y la otra, defender a la sociedad de cualquier ilegalidad. Un estado serio no puede permitirse el lujo de proteger a aquéllos que actúan fuera de la legalidad. Por eso estoy totalmente de acuerdo con el Presidente de la Nación cuando ahora ha tomado medidas vinculadas con un grupo de piqueteros, que, sin duda, no son todos, porque tienen buenas intenciones cuando piden Plan Trabajar y hacen comedores escolares. Pero no queremos que anden encapuchados, tirando piedras o rompiendo todo. ¡Que hagan todas la manifestaciones que quieran, tienen derecho, pero respetando siempre la legalidad!
De todos modos, tenemos que superar obstáculos. En primer lugar, tenemos que superarnos nosotros mismos, los políticos. Muchos hemos caído víctimas de la frivolidad por no decir palabras más gruesas - y en vez de ver a la política como una vocación de servicio, pareciera que en algunos casos se ha entendido como una vocación de servirse. Otros han exagerado la democracia interna de los partidos y la han desnaturalizado, en cierta forma, a través de internismos que impiden la discusión seria de los problemas. Y hay otros, son los seguidores de encuestas, diría yo, que hay tantos en Estados Unidos. De acuerdo a cómo ven en las encuestas, cómo piensa la gente, dicen lo que la gente espera de ellos. Eso es terminar con un aspecto fundamental de la política que es la docencia. Cuando uno ve que la sociedad está equivocada hay que saber romperse la cabeza contra la pared y decir realmente lo que se piensa, porque sino se acaba la política. Tenemos, pues, que saber reorganizarnos, todos y cada uno de nuestros partidos, para servir mejor no sólo a la causa de la República sino de la democracia integral de la República democrática.
Otro obstáculo, y lo digo con absoluta franqueza, también con humildad pero sin miedo alguno, y no me estoy refiriendo al amarillismo, sino a la prensa seria diseminada en toda la República Argentina. Hay una obligación de informar al pueblo sobre lo que pasa sin quedarse simplemente en noticias de orden secundario, porque, así como es importantísimo y no se puede vivir en democracia sin libertad de prensa, tampoco se puede vivir en democracia sin información correcta de parte del pueblo.
La democracia todavía nos está esperando. Robert Dahl nos dice que es todavía una utopía porque no quiere llamarla democracia, le dice poliarquía porque no puede haber una democracia cuando hay ciudadanos en las calles y súbditos en las fábricas. De modo que todavía tendremos que luchar muchos años, lo importante es hallar el camino, es buscar la forma, es comprender los políticos, es que los hombres de prensa comprendan que hay por encima de cualquier diferencia, la necesidad de buscar comunes denominadores que nos permitan vivir en convivencia, consensos fundamentales que respeten, desde luego, los disensos, pero que cuando se trata de políticas públicas de carácter general, o políticas de estado - como también se las llama - allí estemos todos para defender nuestra individualidad nacional por encima de cualquier otra división.
Otro problema serio es que no hemos sabido abrir canales de participación a nuestro pueblo. Aquí quiero rendir un homenaje a mi querido amigo, ya fallecido, Jorge Roulet., que realizó una tarea extraordinaria para llamar a la participación de los más diversos sectores. Pero esos que querían realmente trabajar, colaborar, ayudar, decidir, a veces sufrieron los codazos de algunos caudillejos que no los dejaron llegar y se cansaron. Eso no puede volver a repetirse. Tenemos que convencernos de la necesidad de seguir convocando a todos para que colaboren y para que la política sea más importante que la tecnocracia, porque si la política es reducida nada más que a la administración se acaba también la democracia.
Hay otro obstáculo que parece que es insuperable en algunos casos, la igualdad de géneros. Todavía tenemos muchos problemas que superar, no solamente en el campo político sino en el campo laboral, para lograr esa igualdad fundamental.
Finalmente también, como problema fundamental y de los más graves: la exclusión. Es un obstáculo tremendo. La falta de trabajo, la gente que está cesanteada. Porque cada vez es más difícil conseguir trabajo. Pregúntele a cualquier hombre que haya cumplido los cuarenta años y cuya fábrica ha cerrado o lo hayan despedido si tiene alguna posibilidad de volver a hacerlo, le va a costar mucho. Y resulta indudable que esa falta de trabajo quita ciudadanía, provoca marginalidad, no son ciudadanos completos, no encuentran la manera de sentirse útiles, a veces ni para su familia, pero nunca para su patria ni para sí mismos, para construir su propio futuro. Entonces este es nuestro principal problema. La tecnología al principio desalojó al hombre de campo de su trabajo, se fue a la industria; la tecnología lo desalojó, se fue a los servicios y ahora la tecnología los está desalojando también del trabajo y cada vez resulta más difícil encontrar la forma de dar solución a estos problema. Aunque se hagan inversiones importantes son muy pocas las actividades que son realmente mano de obra intensiva. El turismo sería una de ellas y nosotros tenemos que darle una importancia fundamental, porque por cada cuarto hay varios que trabajan en cada sitio. No hay nada peor que la exclusión. Debemos procurar la inclusión de todos.
Tenemos, desde luego, otro enorme obstáculo, que es la inseguridad. No voy a explayarme demasiado sobre este tema. Simplemente quiero que todos recordemos hoy a Pablo Belluscio para que termine su martirio cuanto antes y pueda estar entre los suyos.
Pero al lado de estos factores internos a los que podríamos sumar otros problemas, están también los factores exógenos, las causas que nos vienen de afuera, y a esto tenemos que analizarlo con profundidad. Cuando hace ya muchos años, después de la guerra se hicieron los tratados de Bretton Woods, el Fondo Monetario Internacional tenía dos objetivos fundamentales: uno, facilitar las ampliación del comercio y el otro, ayudar a un desarrollo equilibrado de todas las regiones y los países del mundo. Pero esto varió totalmente ¿qué había sucedido? Se había debilitado el estado de bienestar, cobraban fuerza las ideas de una nueva cosa que se llamó neoliberalismo, comenzando en el campo económico con la escuela austríaca, extendiéndose al campo de la filosofía jurídica, al campo de la sociología, con gente inteligente.
¿Qué es, en definitiva, el neoliberalismo o el neoconservadurismo, como a mi me gusta llamarlo? Nosotros tuvimos algún partido conservador que tenía sentido nacional, aunque cometiera todas las tropelías en materia electoral y en materia de distribución. Pero había un sentido nacional que se ha perdido hoy, porque no existe un partido lúcido que defienda desde el campo de la derecha las ideas conservadoras. Están allí en el stablishment, sobre todo en el sector especulativo. Es realmente tremendo lo que nos ocurre en este sentido. Entonces ¿qué pasa cuando esto ocurre, cuando aparece con fuerza el neoconsevadurismo? al mismo tiempo llegan los petrodólares a Estados Unidos, sobre todo, y era necesario colocar ese dinero de alguna forma porque era imprescindible cobrar algún interés ya que los bancos lo pagaban. Y salieron a ofrecernos a todos los países de América del Sur y los demás países, seguramente créditos a tasas muy bajas, pero movibles y con irresponsabilidad manifiesta, irresponsabilidad de las dos partes. Por eso yo digo que es necesario luchar por una quita de la deuda del Fondo Monetario Internacional, no sólo por la quita de los acreedores privados. Tenemos que apoyar todos esta política, porque sino no saldrá la Argentina.
Pero después subieron las tasas porque eran movibles y la libor creo yo que estuvo alrededor del 15% de interés. Yo llegué al gobierno con default, con la situación del país en default y con alrededor de 19 puntos -adviertan lo que digo - 19 puntos de déficit fiscal en relación al producto bruto. Ahora hemos firmado con el Fondo Monetario Internacional, que ya ha variado su actitud, ahora parece ser una suerte de procurador de los acreedores, y nos pide un 3% de superavit primario y a Brasil le fue peor, el pidió un 4,5 de superavit primario. Nosotros negociamos bien, pero tengan en cuenta que si no crece la economía, si no hay el gasto social indispensable que tenemos que llevar adelante, si no nos unimos entre todos en estas políticas manifiestas de solidaridad social, puede producirse un ajuste trágico, incluso en nuestro país y en el propio Brasil a pesar de tener una potencia distinta. De modo que esto es con lo que nos encontramos.
Y nos encontramos, además, con otro obstáculo muy grave en la acción de Estados Unidos que pretende ser hegemónica , que no alcanza a ser imperial porque no se apodera de los pueblos, se queda allí la gente hablando el idioma de ellos, pero es hegemónica con gente vinculada a los negocios. Es una acción que se produce en Irak , y yo tengo la certeza y lo he dicho muchas veces: la invasión a Irak no es como lo dijo el señor Bush, que es un peligro para la civilización. No es como dijo el señor Bush que es el fin de la guerra, cuando se disfrazó de soldado, es el principio de una guerra, el principio de una guerra sin tiempo, el principio de una guerra sin territorio y sin códigos humanitarios como puede verse permanentemente. No es cuestión de echar las culpas al fundamentalismo islámico, desde luego que está muy sensible el mundo islámico por lo que considera un atropello fundamental, pero incluso esto hace que los gobiernos se movilicen más, se pongan más atentos, luchen con otro sentido porque tienen miedo a ese fundamentalismo. Pero no hay sólo fundamentalismo islámico, hay también un fundamentalismo cristiano del que parece paradigma el señor Bush. Y hay un fundamentalismo judío que está representado por este gobierno. Yo siempre he sido pro judío, toda mi vida, estoy marcado por la época de la guerra y del holocausto con mis años, todas las veces que he podido los he acompañado con mi firma, con mis dichos, con mis discursos, pero no puedo acompañar al gobierno del señor Sharon. Es que tenemos que estar contra todos los paredones que separan a los pueblos. Así como estábamos contra el paredón que separaba a Alemania del Este de Occidente, también estamos en contra del paredón que está creando y que se está alargando en Palestina.
Y allí vino después todo lo que significa esta nueva cosmovisión que se vincula a la globalización y que, particularmente con una globalización principalmente financiera y que casi logra que, desde unos cuantos escritorios ubicados en cualquier capital importante, se manejen los dineros y que, a cualquier peligro, salgan esos dineros provocando crisis espantosas en nuestros países. Tenemos que defendernos de eso. Y está bien, también en eso, el Presidente de la Nación cuando habla de esta necesidad, como lo ha hecho Chile antes.
Y sin duda ninguna aquí tenemos que reflexionar sobre la globalización. Se nos ha venido encima, no se puede estar en contra, ya está. Pero tenemos que administrarla porque es una globalización insolidaria que hace más pobres a los países pobres y más pobres a los pobres dentro de los países pobres. No puede seguirse adelante con esta política. Nosotros tenemos políticas públicas fundamentales, como es, por ejemplo, el Mercosur, que en la idea original abarcaba mucho más que lo comercial: lo científico, lo tecnológico, lo político, lo democrático, lo cultural. Y a eso están volviendo ahora los Presidentes Lula y Kirchner para dar esa misma orientación que no debiéramos haber perdido y para crear, como debemos crear, algunos organismos supranacionales que sepan resolver los conflictos que se puedan presentar. Y no asustarnos porque existan conflictos. ¿Ustedes saben cuántos conflictos tuvo la comunidad del acero y carbón creada en Europa como inicio de lo que es hoy la Unión Europea durante el primer año? Más de 600. Nosotros no hemos tenido tantos. A pesar de que tenemos que comprender que debemos unificar o hacer compatibles - por lo menos políticas macroeconómicas fundamentales y, fundamentalmente también, la política cambiaria porque, de lo contrario, no se pueden establecer corrientes permanentes de negocios.
Pero hay otra concepción que también es política de Estado, en este caso de Estados Unidos, que es el ALCA. El ALCA ha seguido presente en la búsqueda por concretarse en administraciones republicanas y democràticas y ¿qué es lo que busca? y ¿por qué es política de estado de los Estados Unidos? Porque quiere la clientela de Sudamérica para colocar sus exportaciones porque no tolera más los gastos militares que están llevando al desastre y, entre paréntesis, hagamos alguna reflexión, ellos están en una situación de déficit espeluznante. Ellos están bajando a casi nada la tasa de interés, ellos son los principales deudores del mundo, sin embargo, el Fondo Monetario no dice absolutamente nada mientras nos recomienda a nosotros exactamente las políticas inversas con el sólo propósito de que cobren los acreedores sin darse cuenta que es una deuda que no se podrá pagar si no tiene soluciones de otra naturaleza, con las quitas necesarias , con los plazos suficientes y que queremos hacerlo. Pero, si cada uno de ustedes tiene un deudor ¿qué es lo que desea? Sin duda, no desea otra cosa que le vaya bien, que pueda trabajar y está dispuesto a hacer lo que corresponda en consecuencia. Aquí parece que se olvidan de todo eso . Hay alguna preocupación ahora que aparece en el campo social, vamos a ver hasta dónde puede llegar.
Pero el ALCA tiene características muy especiales. Además de los que les decía sobre la colocación de sus exportaciones, sostiene que tenemos que tener políticas comerciales compatibles con las de los Estados Unidos. Políticas laborales compatibles con las de los Estados Unidos. Incluso habla del medio ambiente, yo no sé cómo se atreven de hablar del medio ambiente después de Kyoto, no me explico. Habla de la necesidad de que todas las compras oficiales se realicen en Estados Unidos. Y, además, algo fundamental: la autorización que ha dado el Congreso a la administración para la negociación que establece dos cosas básicas y fundamentales: que debe cuidar la agricultura y los negocios de Estados Unidos. Es decir, por más que discutamos ahí tendremos que ir luego a enfrentar miles de lobbies en el Congreso de los Estados Unidos sin respuesta, por lo general. Aquí se juntaron en Cancún desgraciadamente con Europa, y yo debo decir que desgraciadamente no se observó mucha diferencia entre los delegados de los países socialdemócratas y los otros en el tratamiento que dieron a la Argentina. Es decir, el ALCA va a tener problemas muy graves y muy serios para nosotros, van a haber presiones tremendas.
Terminado el tema de Irak se vuelcan contra América del Sur, no tengan ninguna duda. Las designaciones que se han efectuado en este campo dan una señal clara, a la derecha de algunos de los postulados y de los que están ya en el ejercicio de sus funciones, está la pared. Y no van a tener reparos en venir a reclamar lo imposible. Hasta ahora el gobierno ha actuado con dignidad, ha estado en contra de enviar tropas a Irak, como correspondía. Esperemos que siga en este accionar en relación precisamente al ALCA. Porque fíjense las dificultades que vamos a tener: los países del Caribe y los países de América Central, el propio México que tiene 5.000 kilómetros de frontera con Estados Unidos y problemas de migraciones e inmigraciones ilegales en muchos casos. El propio Chile que ha firmado ya, pero que no fue una innovación del gobierno de Ricardo Lagos, ya había efectuado esa apertura absurda el dictador Pinochety, desde luego, yo no conozco la letra chica de lo que se consideró, pero ha tenido la valentía de ser asociado al MERCOSUR y de negociar también con Europa, como va a empezar también a negociar con el Asia, dada su ubicación en el Pacífico. Yo no sé cómo irá a caer esto, pero tengan la seguridad que nos van a presionar tremendamente para que podamos, de una o de otra forma, bajar otra vez la cerviz. Y acá hay una sola cosa que nos puede salvar: frente a todas estas dificultades tendremos que afianzar y afirmar una posición del Mercosur con quienes deseen acompañarnos con firmeza. Y si no se logra lo que queremos, existe un monosílabo que separa y que diferencia a los países dominados de los países en libertad. Ese monosílabo es no, no quiero, no firmo porque no conviene a los intereses de nuestra Nación.
Tenemos, pues, frente a nosotros un mundo en cambio. Yo por lo menos. Y no he visto a nadie que sea capaz de predecir lo que podrá ocurrir, salvo el señor Bush que dice que va a terminar con el terrorismo y ha aumentado a una velocidad tremenda. No sé cómo vendrán esas cosas . Pero, por otra parte, ya se habla de parte de un comunista, el señor Chaft que, antes que Reefking había hablado del fin del trabajo, de un humanismo ecuménico.
Yo propuse en la Internacional Socialista que antes, en la época de Marx - que no era la Segunda Internacional, en la que estamos-, se consideraba a las religiones como el opio de los pueblos, porque tenemos que admitir que durante 1000 años lucharon contra la democracia a favor de las monarquías absolutas y contra el avance de la ciencia. Pero estas circunstancias no están dadas en la actualidad, son distintas. Entonces tenemos que buscar, les decía, desde el campo de la Internacional Socialista, la presencia de enviados de estas distintas religiones que son las que nos puden salvar del fatalismo de una historia que parece llevarnos al desastre, terminando con los fundamentalismos y estableciendo lazos, como lo hizo muy bien Juan Pablo II en sus manifestaciones totalmente contrarias a las de Bush y al ataque a Irak.
Fíjense en todo lo que tenemos que superar en el orden interno, en el orden internacional. Se sostiene que estamos frente al fin del trabajo y al principio de la ocupación. Un trabajo distinto, en su hogar. Un Estado que se ocupe en regular el mercado, que no deje un mercado autoregulado como pretenden los neoconservadores, sino que sepa que el mercado no da soluciones a los problemas sociales de los países. Que entienda perfectamente que, de ninguna manera, puede ser dejado para que planifique intereses en lugar de que planifiquen los representantes del pueblo a través de su Congreso para que sea la política la que prevalezca en definitaiva sobre la tecnocracia. Estos son obstáculos tremendos que tenemos que llevar adelante. Se sostiene que en decenas de años terminará el capitalismo entendido como explotación del hombre por el hombre, por las buenas o por las malas, como vemos que entran a los países por las buenas o por las malas. La gente de Africa que no puede vivir y se encuentran, a veces, con principios xenófobos que no tienen nada que ver con lo que proclaman las convicciones en algunos casos. Nosotros les decíamos a los amigos europeos de la Internacional Socialista que las convicciones, los principios, la filosofía, los ideales, no pueden de ninguna manera estar exclusivamente vinculados a los límites de una Nación. Porque tienen que abarcar a todos sin distinción de ninguna naturaleza. Y hemos logrado un éxito extraordinario, hemos sacado el Acuerdo de San Pablo donde se reconoce incluso nuestro derecho a luchar por las reivindicaciones que hacemos en el caso de las materias primas y de los subsidios escandalosos que otorgan.
Entonces, yo creo que por ahí tenemos que caminar: encontrando apoyos. Otros partidos lo harán en otras Internacionales, otros partidos lo harán en la Internacional Demócrata Cristiana , o en cualquiera.
En la Argentina sabemos perfectamente por definición y por naturaleza que se van a unirse los sectores de la derecha reaccionaria. Por eso es que debe terminar para siempre la política de suponer que fracasando el gobierno de turno puede el otro partido acceder al poder. Eso no puede ser más. Tenemos que aprender a unirnos en esa convivencia básica que hace hasta a nuestra individualidad nacional y a nuestra individualidad cultural. Una cultura marca a los pueblos, la posibilidad de la convivencia está considerada como uno de los factores de poder. Fíjense si tiene importancia, es absolutamente necesario que lo comprendamos, que cambiemos actitudes, que nos volvamos hacia nosotros mismos, como lo he dicho tantas veces, hacia nuestra propia conciencia que, sin duda, en los momentos de nuestra soledad y, sobre todo, en la noche, nos preguntará a todos ¿vos que comiste, qué hiciste hoy por los que no comieron?
Y luchemos asi juntos, juntos, juntos vamos a lograr, queridas amigas y queridos amigos, desde distintas fuerzas políticas que preserven su individualidad, pero que expresen lazos suficientes de unión como para defender las grandes políticas públicas que se prolongan en el tiempo.
Juntos vamos a lograr consolidar la paz interior, afianzar la justicia, promover el progreso general, asegurar la libertad. Para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar en el suelo argentino.
Muchas gracias.

2.
MENSAJE DEL SENOR PRESIDENTE DE LA NACION, DOCTOR RAUL R. ALFONSIN, ANTE LA ASAMBLEA LEGISLATIVA, EL DIA 1° DE MAYO DE 1989


Nos aproximamos a un acontecimiento histórico, como lo es una sucesión presidencial en los marcos de la normalidad institucional. Siempre pensé -y lo dije varias veces- que la prueba de-cisiva del éxito del camino iniciado en 1983 era llegar las elecciones de 1989. Lo que no se pudo conseguir en los períodos constitucionales iniciados en 1952, en 1958, en 1963 y en 1973, estarnos q punto de lograrlo ahora.
Casi siempre, en las campañas presi-denciales de esos anos, el repudio a quienes habían ocupado el poder ilegalmente unificaba a los candidatos en competencia: el adversario, el culpable estaba fuera del sistema, era aquél que había usurpado por la fuerza la voluntad ciudadana. Hoy las circunstancias son distintas: un gobierno legítimo va a de-jar su lugar a otro gobierno legal y, por lo tanto, los adversarios se definen dentro del sistema, ofrecen su pro-puesta y lógicamente tratan de refutar la de sus oponentes con todos los argu-mentos a su alcance. Son las reglas de juego del pluralismo, de la competencia política que afortunadamente vivimos hoy como algo natural.
Bienvenidos, entonces, los fragores de las contiendas partidarias por ideas, por programas, por proyectos: ése y no otro es al funcionamiento cabal de la democracia por la que tanto hemos lu-chado. En esa competencia cívica, el gobierno que concluye su mandato es, necesariamente, un protagonista más, un objeto de examen, de apoyos y de rechazos. Su acción se ubica en el ojo de la tormenta, lo sé bien y así lo asu-mo. ¿Cómo no saber, también, que en situaciones de tan grave crisis como las que padecen las democracias pobres de América Latina, la Argentina entre ellas, los gobiernos que se hacen cargo de las mismas inevitablemente se trans-forman -por acción o por omisión- en los chivos expiatorios de las frustraciones particulares o colectivas? Me hago cargo de todo esto y por lo tanto no pue-do ignorar hasta qué punto arrecian, en este momento, las críticas al desem-peño gubernamental. Ellas se fundan en cuestiones objetivas que afectan la vida cotidiana de los argentinos -en las que caben, por supuesto, responsabili-dades personales que no evadiré- pero también en un inevitable endureci-miento de la campaña electoral.
Creo justo, sin embargo que se haga otro reconocimiento. Todas las críticas que se efectúan, por más airadas que fueren, que llegan a veces hasta el agravio, pueden ser expuestas y difun-didas con total libertad.
No hay temores, porque nadie las acalla desde el Estado con ademanes autori-tarios como sucedió entre nosotros siempre o casi siempre.
Quiero rescatar aquí una excepción: la de la ejemplar presidencia de Arturo Illia cuya límpida tolerancia frente a los di-sensos fue finalmente abatida por el despotismo. Hoy hemos recuperado ese brioso viento de libertad como un capital común que ningún ciudadano quiere perder a cambio de cualquier es-pejismo que se le ofrezca como dádiva.
Nadie puede cuestionar, pues, la legi-timidad del disenso y el derecho a la crítica por parte de la oposición, como tampoco puede ésta desconocer el cli-ma de libertad en el que se desen-vuelve.
Pero abundan hoy en la Argentina las instigaciones a ignorar esta realidad, instigaciones que responden a supervi-vencias de una mentalidad autoritaria que ha gravitado de un modo determi-nante sobre buena palle de nuestro pasado, una mentalidad que no se dis-tingue ciertamente por apreciar las vir-tudes de la democracia.
A lo largo de las últimas tres genera-ciones, los argentinos hemos vivido so-metidos a pesadas influencias antide-mocráticas. Formas variadas de autorita-rismo, sectarismo, oscurantismo, exclu-sivismo, fundamentalismo, han ejercido durante esa etapa un poder modelador sobre nuestra personalidad nacional y sobre la personalidad individual de cada uno de nosotros.
En este marco histórico se han sucedi-do dictaduras e intervalos constitucio-nales. Pero con la particularidad de que casi todos estos últimos exhibieron también, tanto en el comportamiento de los gobiernos como en el de las oposiciones, estilos y modalidades pro-pias de aquella cultura autoritaria que pujaba por prevalecer en el país.
De este modo, nuestro pasado reciente se ha distinguido desde 1930, no sólo por el recurrente empleo de la fuerza para derribar gobiernos constituciona-les, sino también por la peculiaridad de que aún a través de esos gobiernos constitucionales lograban abrirse cami-no prácticas y conductas derivadas de la misma cultura política que inspiraba al golpismo.
Nuestra vida nacional de los últimos se-senta anos incluyó así, al lado de las tan numerosas dictaduras, gobiernos cons-titucionales con presos políticos, pro-vincias intervenidas, universidades avasalladas, sindicatos sometidos a control estatal, desbordes represivos, bandas parapoliciales, práctica sistematizada de la tortura, estado de sitio endémico, co-rrespondencia violada, ejercicio ilimita-do del espionaje interno, medidas en-caminadas a impedir la libre expresión de ideas.
El autoritarismo, la violencia y la arbitra-riedad eran norma de las dictaduras y al mismo tiempo tentaciones a las cuales se cedía con deplorable frecuencia du-rante los interregnos constitucionales, a partir de un firmamento cultural que por momentos parecía ser común a los dos modos de gobernar al país.
Sobre este trasfondo histórico, la expe-riencia iniciada en la Argentina el 10 de diciembre de 1983, cobra significados valores y méritos que no pueden ni de-ben ser ignorados. El gobierno que presido, es el primero en la entera his-toria del país que llega a las postrimerías de su mandato sin presos políticos, ni leyes persecutorias, ni órganos de prensa clausurados, ni policías bravas, ni interventores instalados en provin-cias, sindicatos o universidades.
Ni un sólo gesto de nuestra trayectoria en el poder reflejó las inclinaciones au-toritarias de las que estuvieron plaga-dos gobiernos constitucionales del pa-sado.
Ni un sólo paso dado por nuestra ad-ministración ha estado encaminado a oprimir, amenazar o intimidar. Nunca ha disfrutado el país de una democracia tan plena, tan diferenciada de todo mo-delo dictatorial y tan merecedora por ello de ser defendida.
Digamos en adición a todo esto que nos tocó administrar el país en medio de la mayor y más profunda de sus crisis económicas. Más precisamente, en me-dio de una crisis estallada mundialmen-te en el campo de las relaciones entre el Norte y el Sur; una crisis que ha acen-tuado hasta extremos inadmisibles el preexistente equilibrio de tales relacio-nes, bloqueando las ya precarias vías de crecimiento que habían conseguido en el vasto mundo emergente.
Nuestro país está sufriendo su cuota de esta crisis, que tiene expresiones todavía más agudas en el resto de Lati-noamérica y que ha traído consigo gra-ves situaciones de intranquilidad social, a caballo de las cuales la oposición polí-tica al sistema desencadenó infames campañas desquiciadoras.
En un país donde el ejercicio de lacto o constitucional del poder estuvo tradi-cionalmente asociado con la tentación de preservar el orden mediante recur-sos autoritarios, a nuestro gobierno le tocó en suerte un momento histórico más cargado que cualquier otro de ele-mentos propicios para la tentación.
En otros términos, nuestro gobierno no sólo se distinguió por haber resistido
esas tentaciones, sino también por ha-berlas resistido cuando ellas estaban en su momento histórico de mayor fuerza, de mayor apremio. A la peculiaridad de haber preservado en la Argentina una democracia integral y sin resquebraja-duras durante todo un período presi-dencial, hemos sumado la peculiaridad aún más notable de haberlo hecho en medio de las mayores incitaciones obje-tivas a no hacerlo.
Creo que estamos en nuestro derecho si pretendemos que esta labor sea re-conocida en todo su valor. Y no me ca-be la menor duda de que reconocerlo en todo su valor significa reconocerlo como algo excepcional en el conjunto de nuestra historia patria. Y como algo excepcional también en América Latina.
Es cierto que en el campo económico hemos recogido una nación en crisis y que muy probablemente entreguemos al próximo gobierno una nación en cri-sis. No hemos conseguido superar la crisis económica. Y esto, en parte, po-dría atribuirse a errores nuestros, pero se debe principalmente -repito- al hecho de que nuestra crisis es parte in-separable de una crisis estructural mun-dial cuya solución sólo podrá emerger de grandes iniciativas colectivas, que abarquen a enteras regiones del plane-ta con centenares de millones de per-sonas involucradas, y nunca de una ini-ciativa singular.
Sin embargo, estamos asistiendo a un curioso fenómeno político-cultural de distorsión evaluativa que muestra a al-gunos políticos, ciertas concentracio-nes de poder corporativo y muchos me-dios de difusión asociados consciente o inconscientemente en una gigantesca campana de acción sicológica apun-tada a presentarnos como un gobierno cuya característica central, distintiva y definitoria es la de no haber superado la crisis económica y no la de haber cum-plido aquella epopeya democratizadora en circunstancias tan terriblemente ad-versas a su realización.
Se están desplegando esfuerzos inau-ditos -que son motivo de estupefac-ción para observadores extranjeros- por descargar sobre nosotros, en fun-ción de aquella subsistente crisis eco-nómica, un odio popular que normal-mente sólo se destina a las tiranías.
¿No se advierte hasta qué extremo se pretende renovar pasados sometimien-tos del pueblo argentino a una tabla de valores autoritaria al tratar de imponerle un criterio de evaluación semejante?
Es indudable que una cultura política en la cual se asignen valores supremos a la democracia, la libertad y la conviven-cia pluralista no puede alimentar odios viscerales y sentimientos de irreductible antagonismo frente a un gobierno como el nuestro. Como es indudable que el empeño en alimentar de todos modos odios y sentimientos semejan-tes a nuestro respecto sólo puede ins-trumentarse fomentando una cultura política que no asigne valores supre-mos a la democracia, la libertad y la con-vivencia pluralista.
No me siento alarmado por la suerte que este tipo de antagonismo pueda reservar a mi persona o a aquella parcia-lidad que me incluye, sino por la suerte que podría reservar al sistema político cuya preservación hace a los intereses y los ideales de todo el arco demo-crático argentino.
La tarea principal que nos encomendó el país, en 1983, fue construir una de-mocracia. Con la cooperación de casi to-da la sociedad, nos entregamos a esa tarea. Y hemos tenido un éxito tal, que hoy el país se ha olvidado de cuáles eran sus preocupaciones, sus dudas, sus ansiedades en 1983.
Hoy todo nos parece natural. Nos pare-ce natural que el Gobierno esté por concluir su período constitucional. Nos parece natural que no haya estado de sitio. Nos parece natural que cada uno pueda decir lo que quiera. Nos parece natural que no haya prescripciones. Nos parece natural que no haya presos políticos. Nos parece natural que no ha-ya provincias intervenidas. Nos parece natural que no haya sindicatos interve-nidos.
Y yo creo que está bien que todo eso nos parezca natural. Así debemos con-siderarlo de ahora en adelante. Sin em-bargo, todo eso, junto no se había da-do nunca en nuestra historia.
Honorable Congreso:
Yo sé que se viven horas decisivas en materia económica a pocos días de las elecciones presidenciales. Sé que sólo deberían ser horas de alegría pero se han transformado también en horas de ansiedad.
El Estado está desequilibrado en sus cuentas y con un financiamiento decre-ciente. A ello ha contribuido la incerti-dumbre política sobre el rumbo que se-guirá la economía en el futuro. No po-demos negarlo: hay desconfianza e in-seguridad.
Las consecuencias pegan de lleno en los hogares argentinos, y sobretodo en los más humildes. La inflación se ha acelerado y eso provoca desazón.
Quiero decir ante esta Asamblea que no nos vamos a quedar quietos. No va-mos a mirar pasivamente esta situación que sólo beneficia a los enemigos de las democracias. Hemos decidido tomar el toro por las astas.
En las próximas horas la sociedad ar-gentina conocerá las decisiones del go-bierno. Ellas representan nuestra firme voluntad de estabilizar la economía, de restablecer definitivamente el orden, de proteger a los desprotegidos, de ga-rantizar la transición democrática hasta el 10 de diciembre de 1989, cuando asuma el nuevo Presidente. Estoy con-vencido que para esta causa vamos a contar con la ayuda de todos, porque es una causa noble.
Contaremos con los recursos financie-ros excepcionales, para el sector públi-co, cuyo funcionamiento está en peli-gro por la crisis coyuntural. Esos recur-sos aventarán toda duda sobre nuestra capacidad de cumplimiento de las obli-gaciones. Al mismo tiempo, para en-frentar esta emergencia fiscal, estamos enviando al Parlamento un conjunto de iniciativas para librar la batalla decisiva contra el déficit fiscal. vamos a cerrar los desequilibrios, vamos a entregar un sector público sano.
Las medidas de tipo cambiarlo que pon-dremos en práctica no dejarán dudas sobre nuestra vocación por promover las exportaciones y la producción. Pero quiero asegurar, también, que los ajus-tes que sean necesarios se harán sin descargar el peso de la crisis sobre los sectores más postergados de la socie-dad. Porque somos sensibles a los problemas sociales, seremos severos en nuestra política de precios y de abas-tecimiento, así como seremos severos en el cumplimiento de los objetivos fis-cales y financieros.
Honorable Congreso:
Como ciudadano encargado del Poder Ejecutivo en estos años difíciles de una transición que no es sólo política, sino también económica y sobre todo socio-cultural, quiero ejercer un derecho: el de reflexionar ante los representantes del pueblo sobre la obra de gobierno, sin triunfalismos, pero sin aceptar resig-nadamente que nada se ha hecho, que estamos peor que antes, que, en última instancia y aunque no se lo diga, esta difícil transición hacia la democracia no ha valido la pena. Y no se trata de sober-bia, de orgullo personal, de obcecación:
se trata, sobre todo, de ayudar a que no se impulse a bajar los brazos a las muje-res y a los hombres argentinos, especial-mente a nuestros jóvenes. Y que la agre-sión verbal a este gobierno -que ha cu-bierto sólo el primer tramo de un largo camino que deberán continuar otros ha-cia la consolidación de un sistema de li-bertad en la Argentina- no se trans-forme en un cuestionamiento global de la democracia como forma de vida.
Por eso, quiero dirigirme a los represen-tantes del pueblo argentino como si es-tuviera hablando personalmente con cada uno de mis compatriotas. No voy a hacer un balance puntual de éxitos y fracasos.
Me gustaría que miráramos hacia el futu-ro, que nos detengamos en el pasado sólo en función de la herencia que deja-mos para que otros la corrijan o la per-feccionen. En ella hay cosas malas que habrá que cambiar y también cosas buenas que habrá que mantener y pro-fundizar.
En 1983 cayó sobre todos nosotros una carga enorme. Luego de décadas de frustraciones nos propusimos esta-blecer las bases para cambios funda-mentales en un modelo de país en cri-sis que ya no daba más. Y buscamos encarar esas transformaciones -que siempre son costosas- en el marco de la más amplia democracia y con el me-nor costo social posible. Un objetivo tri-ple guió nuestros pasos desde enton-ces: mantener unidos los necesarios ajustes con las imprescindibles liberta-des y el equilibrio social.
En ese camino que quisimos empren-der desde 1983, hemos cometido erro-res. ¿Cómo negarlos?
Pero es un hecho que, como parte po-sitiva de esa herencia, la sociedad ya ha asumido que la gran mayoría de las transformaciones propuestas y que por distintas razones no logramos efectuar -o lo hicimos imperfectamente- es imprescindible para que el país pueda alcanzar niveles de desarrollo y pros-peridad razonables. Temas que hace un lustro parecían imposibles de abordar están incorporados naturalmente al debate político actual.
Ya hemos colocado las bases del desa-rrollo: la lucha contra el egoísmo corpo-rativo, contra el prebendismo del Esta-do, contra el capitalismo sin riesgos, contra el aislamiento frente al mundo. Esa es la plataforma de despegue que hemos construido para la transición económica, para que nuestros suceso-res puedan articular democracia con crecimiento y con prosperidad.
En este camino, racionalmente elegido, no hemos querido -a fin de salvaguar-dar ese bien precioso que es la demo-cracia y evitar la violencia que la des-truye- generar políticas que a veces se implementan en los gabinetes técni-cos con la implícita presunción de que las sociedades complejas como la nues-tra son espacios vacíos en los que cual-quier prueba de laboratorio puede ser experimentada, cuyas consecuencias inmediatas serían la desocupación y el hambre para millares de familias.
Pero tampoco quisimos generar políti-cas propias con un facilismo oportunis-ta.
Es irresponsable pensar en distribuir lo que no existe. Más a la corta que a la lar-ga, una demagogia de ese tipo también genera violencia, ante las perspectivas inevitablemente frustradas y frente a la lucha despiadada entre los grupos que ambicionan que sus demandas sean pronto satisfechas.
¿Habrá que recordarles en qué espejos cercanos debemos mirarnos, dolorosa-mente, para advenir cuáles son los f fru-tos de esas políticas que sólo piensan en los réditos inmediatos de la coyuntu-ra?
Honorable Congreso:
Dije antes que en esta trajinada empre-sa que nos ha tocado poner en marcha hemos cometido algunos errores. No podía ser de otro modo.
Pésimo gobernante sería aquel que se creyera al abrigo de toda falla. Quien es incapaz de reconocer un error es to-davía más incapaz de corregirlo.
No es ése, por cierto, nuestro caso. Hay cosas que no supimos hacer; hay cosas que no quisimos hacer; hay cosas que no pudimos hacer. Esta es la realidad de toda política de decisiones, que combina aciertos con errores, porque supone riesgos, apuestas, opciones.
Hubo cosas que no supimos hacer. A veces nos equivocamos en los cambios básicos que debíamos llevar a cabo. Por error de diagnóstico en algunas oportunidades; por falta de perseveran-cia en la aplicación de las políticas o por mal cálculo de los tiempos en otras. Y aunque honradamente pienso que se hizo mucho, si no avanzamos al ritmo que queríamos para transformar de raíz a un sistema económico perverso, para modernizar a un Estado burocrático e inmanejable; para quebrar de cuajo con un funcionamiento cerrado de la eco-nomía, de espaldas al mundo y poco eficiente, eso queda como parte de una herencia que otro gobierno cons-titucional deberá complementar.
Hubo también cosas que no quisimos hacer: a veces postergamos o sim-plemente no efectuamos ajustes que un cálculo descarnado podría consi-derar beneficiosos -y que segura-mente lo eran a largo plazo- pero que en lo inmediato acarreaban costos so-ciales y sacrificios imposibles de sobre-llevar para sectores importantes de la sociedad.
La política que aplicamos en materia de cambios estructurales implicaba al con-trario sopesar prioridades y obligacio-nes, necesidades económicas y urgen-cias sociales, sobre la base inamovible de continuar construyendo la democra-cia. Por eso, no creo que en este caso haya que hablar de errores, sino de si-tuaciones que por fuerza nos llevaron en ocasiones a disminuir la velocidad en nuestra marcha hacia las transformacio-nes de estructura que el país necesita.
Hubo, por último, cosas que no pudi-mos hacer. En primer lugar, por la pre-sencia de obstáculos y dificultades ob-jetivas.
Factores externos, como fueron en su momento la caída de los precios de los productos agropecuarios o el manejo casi usurario de las tasas de interés des-de los centros del poder económico in-ternacional, así como algunas penurias internas, hicieron que iniciativas nece-sarias y positivas que proyectábamos llevar a cabo debieran ser demoradas o abandonadas.
Sólo mencionaré, a título de ilustración, el triste privilegio de haber tenido que soportar la más terrible de las inunda-ciones de que tengamos memoria y, más tarde, una de las más despiadadas sequías.
He hablado de dificultades objetivas que obstaculizaron logros o impidieron alcanzar ciertas metas. No fueron las únicas. Hubo también dificultades sub-jetivas. A causa de ellas, la sociedad ar-gentina ha visto su marcha entorpecida y amenazada por el egoísmo sectorial y su más señera expresión colectiva, el corporativismo; que son también la es-peculación y el fomento irresponsable de la inflación; y que son, por último, en sus formas de manifestación políticas, los autoritarismos de diverso signo.
La preocupación por estos resabios au-toritarios que, aunque debilitados, to-davía persisten entre nosotros, tuvo en nuestro caso un interés preciso.
Siempre he pensado que nuestro orde-namiento institucional favorecía, en su versión actual, la persistencia de actitu-des que configuran los principales com-ponentes de ese autoritarismo. Pienso, al decir esto, en la propensión al hegemonismo en el hecho de que gran parte de nuestra vida nacional estuvo modelada por la presencia de agrupa-ciones políticas o corporativas que se sentían llamadas a protagonizar con ex-clusividad el destino de la nación.
Buena parte del pensamiento político argentino ha sido refractario, cuando no abiertamente hostil, a la idea de que la nacionalidad pudiera expresarse en pluralidad.
Y aun en el pensamiento democrático se ha escondido muchas veces la creencia subyacente de que en el mo-saico de la pluralidad argentina, aunque aceptado en principio, debía estar inte-grado por una fuerza política esencial y otras de naturaleza accesoria.
Siempre he estado convencido de que la marcha que habíamos emprendido hacia la democratización del país tenía que incluir formas de acción contra esos atavismos político culturales; for-mas que incluyeran también correctivos para aquellas instituciones de nuestro sistema político que aseguran la conti-nuidad de tales rémoras.
Con ese espíritu propusimos en su mo-mento a la ciudadanía y las demás fuer-zas políticas el proyecto de una reforma constitucional que apuntara a redefinir en un sentido más democrático la natu-raleza del gobierno.
Lamentablemente, nuestra propuesta de reforma no encontró durante largos años el indispensable consenso para hacerla efectiva.
No se trata, entiéndase bien, de descargar culpas en los demás. Nunca lo he-mos hecho: un inconmovible sentido de la obligación nos hizo asumir todo traspié, toda solución insatisfactoria, lo-do fracaso, como responsabilidad pro-pia. Nuestros adversarios deben reco-nocer que jamás los hemos convertido en víctimas propiciatorias de culpas que quizá no siempre fueron nuestras Aunque seguiremos luchando por ella estemos donde estemos, la reforma de la Constitución forma parte de una deu-da con la sociedad que no queríamos contraer, pero que la realidad nos impu-so. La asumimos.
Estoy convencido de que las creencias y actitudes de los argentinos tienen as-pectos y potencialidades positivas. Amamos la libertad, hemos aprendido a apreciar y defender la democracia. Con ella -lo he dicho- hemos sufrido pa-decimientos, pero sabemos también que, sin ella, esos mismos padecimien-tos se hubieran agravado. Pero esas creencias y actitudes suelen también manifestar aspectos negativos: egoís-mo, espíritu sectorial, disposición para la especulación, tendencia a creer en diversos mesianismos. Son el lado os-curo de nuestra cultura política, los fan-tasmas a los que obstinadamente algu-nos todavía se aferran, quizá por temor a los riesgos imaginarios del futuro.
Sin embargo, esos aspectos negativos son parciales y no alcanzan para alimen-tar el menor escepticismo. Hay una tran-sición a la democracia que se desarrolla a nivel de las instituciones políticas. Pero hay también otra transición a la democracia que se está cumpliendo en nuestras propias conciencias. Ella pasa ante todo por destruir esos fantasmas y por crear auténticas expectativas de transformaciones profundas -sustentadas en la realidad- para nuestro país. Y ella habrá de conducirnos a fructificar el capital cultural-democrático que hoy es patrimonio inalienable de la sociedad argentina.
Honorable Congreso:
Dije al principio que no iba a hacer un in-ventario de mi gestión; sólo he busca-do explicar, desde mi punto de vista, los objetivos que nos trazamos y las difi-cultades -propias y ajenas- que se interpusieron frente a ellos. No eludo mis responsabilidades: deseo insistir en que no estoy satisfecho por lo logra-do en cuanto a los cambios de fondo imprescindibles para superar la crisis económico-social que atravesamos. Una crisis seria, grave, más profunda to-davía que las de los años 30, porque al deterioro de los precios de nuestros productos en los mercados internacio-nales se suma la descomunal deuda externa, más onerosa que la que debie-ron sufrir las potencias que perdieron la primera guerra mundial.
Fue a la democracia recuperada a la que le tocó la dura tarea de remontar esa cuesta y a nosotros enfrentarla desde el gobierno. Repito: a veces no supi-mos, a veces no quisimos, a veces no pudimos, porque no conseguimos el consenso necesario, avanzar sobre los obstáculos. Seguiremos gobernando hasta el 10 de diciembre con la firme convicción de superar los errores y pro-fundizar los aciertos. Para eso hemos sido elegidos y no hemos de eludir el mandato recibido.
Estoy convencido de que en las gran-des orientaciones no nos hemos equi-vocado. Quisimos enfrentar la crisis y no sólo administrarla. Para ello intentamos evitar las recetas simplistas del facilismo y del elitismo. Me resisto a creer en op-ciones ingenuas que terminan siendo crueles.
Hemos puesto las bases para el cambio que reclama esta sociedad a fin de no quedar fuera de la historia. Más allá de las sombras que derrama una coyuntura difícil, agravada por la mezquindad de los grupos que ante la inminencia de la transferencia normal de los poderes constitucionales buscan incrementar, su capacidad de presión sobre el Estado, dejamos una herencia, un camino traza-do, que retomarán quienes nos con-tinúen.
Esta es la Argentina democrática y pací-fica que soñamos varias generaciones. La Argentina que en 1983 votó por la vida, la Argentina que en 1984 votó por la paz con Chile, la Argentina respetada y prestigiada en el mundo que en todos los foros internacionales levantó su voz en procura de la paz y la justicia, la Ar-gentina que ahora se apresta a decidir, libremente, que país quiere ser.
Después de exteriorizaciones como las de Semana Santa, Monte Caseros, Villa Martelli, La Tablada, ya nadie puede ig-norar la delicadeza de los problemas que hemos tenido que resolver para asegurar la democracia.
Si esto fuera todo lo realizado, si en es-tos cinco años no hubiésemos hecho otra cosa que promover y dirigir la for-mación de esta democracia, yo ya ten-dría la seguridad de haber cumplido.
Sufrimos la deuda externa, una caída de precios internacionales como la que nos golpeó en 1985-86 y un Estado exhausto, agotado. A todo eso junto, no había tenido que enfrentarlo ningún otro gobierno antes que el nuestro.
En esas condiciones, era inevitable que hubiera padecimientos colectivos. La alternativa no era padecimiento o bienestar. La única alternativa era mayor o menor padecimiento. Mayor o menor equidad en el reparto de las cargas.
Pero no nos conformamos con estable-cer la democracia, afianzar la paz y ad-ministrar equitativamente la crisis. Nos propusimos cambiar el país.
Lanzamos ideas que a los cortoplacis-tas les parecieron ilusorias: una nueva forma de organización institucional -a través de la reforma de la Constitu-ción- una reorganización territorial que debe empezar por el traslado de la Ca-pital y culminar en la descentralización económica, el desarrollo de la Patago-nia y la integración efectiva con Brasil y Uruguay.
Endeudamiento, retroceso productivo, condiciones internacionales desfavora-bles para nuestros bienes, crisis fiscal del Estado, incidieron negativamente en todos los sectores, y fue necesario acudir en auxilio de los más necesita-dos.
El Plan Alimentario, concebido e instru-mentado en el marco de una nación que da preeminencia a la justicia social y excluye todo paternalismo, fue una res-puesta inmediata y eficaz a imperativos impostergables en todos los sentidos. Su éxito ha sido y es indiscutible.
Se pusieron también en marcha iniciati-vas múltiples en materia de programas
sociales que abarcan necesidades po-pulares relativas a la educación, la vivien-da, la salud, la recreación, el acceso a la cultura y otros servicios dirigidos a situa-ciones específicas de la infancia, la ju-ventud, la ancianidad y la discapacidad, que transformaron a la Argentina en el país de América que en términos del P.B.I., dedica más al desarrollo social.
La ley de Convenciones Colectivas de Trabajo añade una nueva dimensión al enfoque con que se ha concebido teó-rica y prácticamente la cuestión social.
En ese concepto se han encuadrado nuestras iniciativas para dar forma a un seguro de salud que englobe a todos y suministre un servicio humanizado, conforme en sus aspectos técnicos a las necesidades efectivas de la gente.
En el mismo campo social se atacó re-volucionariamente el problema jubilato-rio, se trabajó como nunca antes por la igualdad de la mujer, se llevó a cabo la mayor construcción de viviendas popu-lares efectuada en un período de go-bierno, se lanzó un plan de alfabetiza-ción premiado por la UNESCO, se realizó el Congreso Pedagógico Nacio-nal cuyas conclusiones, estoy seguro, serán receptadas por Vuestra Honora-bilidad para la sanción de la nueva ley de Educación, se multiplicaron las ma-trículas escolares en todos los niveles y se llevó adelante una importantísima obra de construcciones universitarias.
En 1985 lanzamos el Plan Houston, convocando al capital internacional a participar, junto con empresas argenti-nas, en el más grande esfuerzo de ex-ploración que se haya realizado jamás en el territorio argentino.
Logramos el autoabastecimiento petro-lero. La producción de hidrocarburos de 1988 fue la más alta de toda la histo-ria de la Argentina, desde el descubri-miento del petróleo en 1907.
En once meses -un récord mundial- hicimos un gasoducto de 1.400 kilóme-tros de distancia, de Loma de la Lata a Buenos Aires pasando por Bahía Blan-ca, y antes de que llegara el invierno de 1988 llegó el gas a Buenos Aires.
En Petroquímica, estamos apelando al capital privado. En un país donde se habla demasiado de privatización, no-sotros la estamos haciendo. El polo pe-troquímico de Neuquén -inicialmente planeado como un emprendimiento que debía realizar Gas del Estado.- fue transformado por el Gobierno en un po-lo enteramente privado, a ser construi-do con capital de riesgo. Lo mismo ocu-rrió con la planta neuquina de fertilizan-tes, que no la va a hacer YPF sino el sector privado, al que estamos llaman-do para que arriesgue, para que intro-duzca tecnología, para que ahorre im-portaciones y promueva exportaciones.
En materia de energía eléctrica, la Ar-gentina está construyendo obras (hi-droeléctricas, térmicas convencionales y nucleares) que prácticamente dupli-carán la capacidad instalada total que te-nemos en este momento.
Este gobierno ha levantado la mitad de la obra civil de Yacyretá, la mayor presa hidroeléctrica que se está construyen-do en el mundo. Una presa que pro-veerá seis veces más energía que El Chocón.
Piedra del Águila, que se inició en 1985 -al tiempo que se inauguraba Alicurá- ya tiene cerca del 60% de su obra civil realizada.
Y ahora vamos a construir, junto con Brasil, la presa de Pichi Picún Leufú. Y vamos a completar Atucha II.
Aquí habían pasado gobiernos civiles y militares, gobiernos de distinto signo. Todos habían hablado del problema de las empresas públicas. Pero nunca, nunca se habían elaborado soluciones concretas como las que nosotros he-mos propuesto para Aerolíneas Argen-tinas o ENTeI.
El tratado con Italia -seguido por el tra-tado con España y acuerdos afines con otros países- es un ejemplo de lo que puede la voluntad, la creatividad y la es-trategia de una nación resuelta a crecer.
La cosecha de esta siembra, no la hará este gobierno. El petróleo de Houston aparecerá después. El polo petroquí-mico se terminará después. Yacyretá, Piedra del Águila, Atucha II, todo se ter-minará después. Las inversiones italia-nas y españolas llegarán después. Los mejores resultados de la integración con Brasil, se notarán después. Todo fructificará cuando nuestro período ha-ya terminado, pero así es siempre: las grandes transformaciones económicas requieren períodos de diseño y ejecu-ción que exceden los mandatos consti-tucionales. Por eso, otros gobiernos re-huyeron la transformación, y prefirieron los frutos de cosecha rápida, que fue-ron agotando el suelo y comprometien-do el futuro.
Construir la democracia, afianzar la paz, iniciar la reforma del Estado y la eco-nomía, fijar la agenda para la próxima dé-cada y, mientras tanto, combatir la crisis y absorber los golpes. Esa ha sido la ta-rea que nos impusimos y que, paso a paso, vamos cumpliendo. La Argentina ya ha cambiado. Ya no es la de 1983. Ya no podrá volver a ser la Argentina anterior a 1983.
Como dije, sabemos que la cosecha de esta siembra no la haremos nosotros y nos hubiera gustado sembrar mucho más, pero hemos diseñado la gran transformación del futuro. Estamos go-bernando en medio de la crisis y no nos hemos resignado a ella. Cuando algu-nos excesos propagandísticos hablan de caos y de inseguridad, sólo nos cabe comparar serenamente con el pa-sado inmediato del que venimos. Cuan-do temerariamente se habla de la co-rrupción, sólo nos queda pensar que nunca como ahora la Justicia ha actu-ado con tanta libertad y que no hay de-nuncia fundada que no se esté trami-tando en sus tribunales, que se llegue a imputar al Gobierno la comisión de ac-tos que él ha denunciado y que ha de-saparecido la impunidad en la Argenti-na.
Honorable Congreso:
Esta democracia ya va a cumplir seis años. En ese lapso hemos hecho to-dos, por primera vez en mucho tiempo, una sena, continuada y diversificada ex-periencia de la vida democrática. La he-mos visto funcionar en las instituciones, en el voto, en la cultura, en los medios de comunicación, en la vida cotidiana.
Hemos convivido con sus virtudes y también con sus defectos. Hemos aprendido que la democracia no con-vierte a los hombres en ángeles, ni está hecha para eso. Que no disuelve los conflictos ni los problemas por milagro, ni está hecha para debatir, confrontar, decidir y crear. Todos tenemos ahora una idea, una experiencia, más madura, más adulta, más humana y por eso más verdadera de la democracia. Sabemos ahora, por haberlo experimentado, que es imperfecta, pero también perfectible; que tiene defectos, pero también que ellos pueden ser corregidos. Y, en fin, que sólo pueden ser corregidos, no anulando ni limitando, sino profundizan-do la democracia. La experiencia demo-crática -lo sé bien- no elimina los sin-sabores, pero abre la perspectiva y la esperanza de una vida mejor, tanto ma-terial como espiritualmente. Y, más allá de las dificultades, mantiene siempre vi-vas esa perspectiva y esa esperanza.
Todo esto (también esta experiencia) es lo esencial de la herencia que vamos a dejar a nuestros sucesores. Sin vani-dad, pero con firmeza, he querido ofrecerla hoy para la reflexión de cada uno.
Honorable Congreso:
Aunque mi gestión continuará hasta el 10 de diciembre próximo hoy es la últi-ma vez que me dirijo a ustedes para inaugurar, como todos los primeros de mayo, las sesiones ordinarias de ambas Cámaras. No sé ni podría saber lo que siente cada gobernante en el momento en que su gestión se aproxima a su tér-mino. Yo mismo, al iniciar mi gobierno, no sabía lo que sentiría al concluirlo. Sabía, por cierto, con qué actitud me haría cargo de los problemas, con qué disposición de ánimo enfrentaría los de-safíos y a qué normas éticas adecuaría mi conducta. Pero ignoraba por comple-to los sentimientos que experimentaría al ir acercándome al final del camino, seis anos después. Hoy lo sé. El senti-miento que en estos momentos experi-mento y que domina absolutamente so-bre cualquier otro -que casi borra a los otros- es un sentimiento espontáneo y profundo de agradecimiento, de grati-tud. Y quiero transmitirlo.
Agradezco a Dios en cuyo auxilio y bon-dad he confiado, fuente permanente de mi esperanza en el progreso y estí-mulo para expresar ahora este senti-miento.
Agradezco ante todo y sobre jodo al pueblo argentino: sus esfuerzos, sus sacrificios, su actitud consecuente y siempre activamente dispuesta a la defensa de la democracia que hemos con-quistado. Le agradezco esa disposición solidaria y le agradezco también sus de-sacuerdos, sus protestas públicamente expresadas, sus críticas. Agradezco a la gente que nos apoyó con el voto y tam-bién a la gente que se opuso a noso-tros con el voto. Siento que tanto unos como otros, en lo más profundo y más valioso de su conciencia de ciudada-nos, creyeron en nosotros, en los valo-res y las convicciones que pusimos en práctica. Aun quienes discreparon, lo hicieron con la convicción de que cus-todiaríamos su derecho al disenso. Aun quienes protestaron, nos increparon, nos apostrofaron, reconocieron, en el ejercicio del derecho a la libertad de pensar, de hablar, de escribir, que ese derecho era para nosotros un valor ina-lienable. Recordaré sin el menor rencor -y casi diría con un dejo de nostalgia- -las discusiones, los debates, los en-frentamientos verbales, a veces duros pero siempre nobles y auténticos, que jalonaron nuestra gestión, porque algu-na vez he dicho que celebraba no ser para mis compatriotas el Excelentísimo Señor Presidente de la Nación, sino simplemente el Presidente de los ar-gentinos.
Agradezco también a los partidos polí-ticos: a mi partido, la Unión Cívica Radi-cal, a los partidos que nos apoyaron y, por supuesto, a la oposición. Todos he-mos vivido momentos duros. Hubo de-cisiones difíciles que adoptar ante pro-blemas sumamente complejos. Natu-ralmente nuestras opiniones se dividie-ron muchas veces; llevados por el calor de los debates, pocos pueden vana-gloriarse de haber sido impermeables al ataque colérico, y a veces al calificativo injusto. Pero el respeto prevaleció so-bre la intolerancia, la racionalidad sobre el fanatismo, la polémica honesta sobre la mera descalificación del adversario. Y aun las más duras expresiones de dis-crepancia -cuando logran evitar el in-sulto o la calumnia- tienen potenciales virtudes cívicas y morales: el político franco, combativo, leal incluso en la du-reza de sus expresiones, nos recuerda saludablemente lo que hay de falso y de oportunista en ciertas lisonjas, en cierta obsequiosidad, en cierta artificio-sa complacencia. Agradezco el apoyo y la crítica de correligionarios y adversa-rios y hasta las frases ingeniosas que sin duda habrán preparado para criticar este discurso.
Agradezco a nuestras Fuerzas Armadas que, por una parte, lograron superar cir-cunstancias que, aunque necesarias, fueron extremadamente difíciles para ellas, y, por otra, llegado el momento, no vacilaron en defender con su vida a nuestras instituciones, vilmente agredi-das por el fanatismo de los violentos.
Agradezco asimismo a los sindicatos y a sus dirigentes: estoy convencido de que fuimos tan francos y honestos en nuestras disidencias como en nuestros acuerdos. Quien recuerde las confron-taciones, que no olvide las coinciden-cias. Ningún sindicato fue intervenido, hecho normal en una democracia ex-perimentada y consolidada, pero inédi-to en un país y en una democracia jo-ven como la nuestra.
Agradezco a los maestros y profesores, a los educadores de nuestros niños y nuestros jóvenes. Tienen el inmenso mérito de haber trabajado, muchas ve-ces en condiciones difíciles, transmi-tiendo el conocimiento e inculcando vir-tudes morales y cívicas hasta en el más apartado rincón de la Patria. Han sido además depositarios de la inmensa responsabilidad de infundir los valores de la tolerancia, del respeto a las leyes, de la libertad y de la democracia a quie-nes se inician en la vida. Sé que han estado a la altura de esa responsabilidad y por eso quiero expresarles mi cálido reconocimiento.
Agradezco a los jóvenes, a todos los jó-venes que han protagonizado con su entusiasmo, su esperanza vigilante y su ímpetu sin concesiones, esta difícil eta-pa de transición y contribuyeron deci-sivamente a recuperar valores esen-ciales de la convivencia democrática.
A esos jóvenes que, estoy seguro, cus-todiarán celosamente, como sus verda-deros artífices, los avances de la liber-tad y con ese bagaje serán los pioneros de otros cambios todavía pendientes.
Agradezco a la Iglesia Católica su prédi-ca, su estímulo, sus enseñanzas; a las demás confesiones que en el marco del respeto y la libertad se expresan entre nosotros y a todos los hombres y mu-jeres de fe cuyas plegarias y testimonio muchas veces me han fortalecido e in-terpelado.
Agradezco al periodismo, a los escrito-res, a los intelectuales, a los artistas. Ellos son la sal de la democracia, la ex-presión cotidiana de su vigencia. Con su talento, con su espíritu creativo, con sus opiniones y hasta con su humor han sido en estos años testimonios vi-vientes del valor que damos los argenti-nos a la libertad y de las cosas bellas, sustanciales y permanentes que somos capaces de crear cuando gozamos de ella.
Agradezco en fin a la mujer y al hombre humildes y sufridos de este país no siempre generoso con el que trabaja, se sacrifica y envejece. He tratado de que mi gobierno diera prioridad a los desfavorecidos. Creo que así lo hemos hecho. Pero habría querido poder ha-cer mucho más por ellos. Estoy convencido de que hemos construido los ci-mientos de un futuro mejor para los ar-gentinos, pero no por ello dejaré de condolerme por las urgencias y las penurias del presente, ni sobre todo, esté donde esté, de comprometer todos mis esfuerzos para que los problemas se resuelvan y el país siga avanzando.
Muchas gracias, argentinos.

3.
DISCURSO DEL DOCTOR RAUL ALFONSIN PRONUNCIADO EL DIA 28 DE OCTUBRE DE 1983 EN EL MONUMENTO A LA BANDERA - ROSARIO

Yo les agradezco esta fiesta cívica, amigos de Rosario, yo les agradezco a todos esta fiesta del civismo, les agradezco la presencia a ustedes en este gigantesco acto; a los que son mis correligionarios y a los que no siéndolo nos honran con su presencia esta noche. Es así, entre todos los argentinos como vamos a hacer el país que sencillamente nos merecemos; esta es la culminación de una gira larga; hemos recorrido toda la República dando nuestro mensaje y recibiendo también el mensaje del pueblo argentino y en todas partes hemos afirmado la necesidad de levantar bandera de unión nacional y de iniciar una marcha juntos, quiero reiterarlo hoy aquí en el monumento a la bandera, una marcha en la que todos vamos enarbolando nuestras propias banderas partidarias. Pero me he convencido de que en esta oportunidad no tenemos que hizarlas hasta el tope porque hay que dejar un lugar arriba de todas las banderas de los distintos partidos políticos argentinos, para que pueda flamear arriba la azul y blanca, la bandera de todos en una argentina que renace que no va a ser más la Argentina ajena, nuestra Argentina, la de todos los del pueblo. No la Argentina de las minorías, no la Argentina de la oligarquía ni la de los matones; la Argentina de la democracia donde todos vamos a respetarnos en nuestros derechos.

Ya ha nacido esta Argentina nueva, tengan la seguridad, ya hemos iniciado esta marcha nueva en el rumbo nuevo, hacia la meta de la Argentina, la Argentina que nos merecemos por nuestro pueblo y por nuestra geografía.

Vivimos días en que nos pareció imposible hemos recuperado la Argentina nuestra, la Argentina de todos y hoy podemos manifestar con esperanza y con la certeza de que vamos a hacer el país que soñaron nuestros mayores ¡Vamos Argentina Todavía!

Hay una obligación fundamental de todos los partidos políticos: analizar la realidad y comprenderla. En 1946 los radicales no interpretamos la realidad de aquel tiempo, no nos dimos cuenta que había nacido la sociedad industrial, y cada hombre entonces con nuevas esperanzas, nuevas ilusiones, nuevas exigencias, nuevas frustraciones; y al no haberlo entendido, nos costó el primer puesto en la representación de los sectores populares argentinos.

Hoy hay una realidad también importante, y hay un hecho social nuevo, fundamental, definitorio, es la revalorización de la democracia en la Argentina. Hemos comprendido todos que nuestros males empiezan donde terminan nuestras libertades. Lo ha entendido el muchacho de la fábrica que antes suponía que la democracia no se metía con su vida cotidiana y hoy sabe lo que significa perderla en términos del pan suyo de cada día. Lo ha entendido también el empresario argentino que cuantas veces de tan liberal que se había vuelto en lo económico, se habrá hecho autoritario en lo político y hoy sabe lo que significa los oros que la democracia le brinda para la defensa de sus intereses legítimos cuando algún señorito parado allá en el puerto de Buenos Aires, de espaldas a su patria, mirando hacia afuera con un solo decreto de importación condena la desaparición o la industria próspera.

Lo sabe el intelectual que a veces se ha encerrado un poco en su torre de marfil llegaba suponer que la democracia no servía para nada. Y hoy comprende desgraciadamente que en ocasiones la diferencia que va entre la democracia y la dictadura es igual a la diferencia que va entre la vida y la muerte.

Es decir, el país entero, el pueblo argentino, sin distinción de ideologías, sin distinción de partidos políticos ha comprendido definitivamente que sólo sobre la base del ejercicio de sus derechos y sus libertades podrá resolver sus problemas más afligentes y los del conjunto de la Nación.

Es por eso que se equivocan quienes no interpretan este hecho social profundo, que se ha dado en nuestra sociedad y verán como el pueblo les da la espalda a los que utilizan metodologías, discursos y prédicas absolutamente reñidos con la democracia. Un discurso, un lenguaje, que es la prédica y el discurso de la verdad, de la honradez intelectual, de la autenticidad; hay otra prédica, que es la del manipuleo, la de la mentira, la de la injuria.

De ninguna manera las mayorías Argentinas pueden utilizarIas. Están hablándole a un pueblo que no existe, son como fantasmas del pasado, se van a llevar la sorpresa del siglo, porque acá hay un pueblo empinado sobre su responsabilidad, que quiere participar en la vida de la Argentina. Un pueblo cansado de lo mandoneen, y que no quiere más que jamás nadie lo mandonee; ni las FFAA, ni en los partidos políticos, ni en los sindicatos.

Un pueblo que no quiere más miedos ni prepotencia. Y ya estamos en la marcha, nos encaminamos hacia 100 años de paz y prosperidad, sobre la base del respeto a los derechos de todos, para afianzar la democracia que sirve a la dignidad del hombre y entonces, levantamos las dos banderas al mismo tiempo, la de la libertad y la de la justicia social. Y ya estamos en esa democracia, a la que vamos a arribar de inmediato, dándole la respuesta que corresponde al ciudadano en cuanto a sus derechos civiles, pero también al hombre de carne y hueso, con sus exigencias y sus problemas. Entonces vamos ya hacia la democracia con la que se vota, pero también con la que se come, con la que se educa, con la que se cura.

Es la marcha nueva de todos los argentinos, con un profundo sentido moral, con un profundo sentido patriótico. Es la marcha nueva de todos, y vamos a afianzarla en una respuesta fundamentalmente a los requerimientos elementales de la justicia social. Yo hice un solo juramento cuando acepté la candidatura a la Presidencia de la Nación ante la Convención Nacional del Radicalismo. Juré entonces, juré por todo el país y juro ahora para que todos me lo demanden sino cumplo: se va a acabar la desnutrición infantil en la República. Vamos a utilizar todos los medios a nuestro alcance, todos los medios del Gobierno Nacional.

Vamos a pedir además auxilio de los gobiernos de provincia. Desde luego que descontamos y necesitamos ese apoyo de este Gobernador de lujo que va a tener Santa Fe y que va a ser Anibal Reinaldo. Este médico profesor de la Facultad, que dedica su vida a curar a los humildes y que ha decidido trabajar en serio para curar los males de Santa Fe, y también vamos a recurrir al auxilio de los gobiernos municipales y desde luego entonces que descontamos ...

Vamos a tener también sin duda para esta campaña, para este programa alimentarlo nacional ... vamos a contar con el auxilio de la comuna de Rosario, en manos de este extraordinario intendente que va a ser Uzandizaga. Realmente, no precisamos casi analizar; de todos modos nuestra plataforma la hemos difundido ya por todas partes. Simplemente conviene que digamos algunas cosas para que se entienda la filosofía que va a presidir el gobierno de la Unión Cívica Radical.

Aquí se nos había querido hacer creer que era una alternativa de la economía argentina procurar el desarrollo sobre la base de la injusticia social. Y así nos fue. No solamente hemos destruido el aparato productivo de la Nación sino que fundamentalmente estamos exhibiendo índices de catástrofe social.

Vamos a terminar con esta orientación económica; hemos señalado en nuestra plataforma que el objetivo prioritario de la orientación económica de la U.C.R. sería terminar con la pobreza y la miseria, y vamos a hacerlo, y para ello es que vamos a empezar por atacar de todas las formas posibles el problema de la desocupación. Desde luego que esto significa aumentar el poder de compra del pueblo, para poner en marcha el aparato productivo de la Nación, porque aumentando el poder de compra del pueblo, se aumenta la demanda, el aumento de la demanda reclama el aumento de la producción y para producir más se hace imprescindible tomar nuevos empleados, y de esta manera ponemos en marcha otra vez el aparato productivo de la Nación.

Pero hay una sola forma de lograr el aumento del salario real y es terminando con la patria financiera. Vamos a hacer la reforma financiera que permitirá disminuyan los gastos en intereses de las Empresas y puedan ir a los salarios.

Y vamos ... mientras los planes de política económica dan resultados, atacaremos puntualmente las dos manifestaciones más graves de carácter social que hoy padecemos, que se vinculan fundamentalmente a los bajos salarios y a la desocupación; un millón y medio de desocupados, semiocupados, trabajadores por cuenta propia que trabajan un día si y otro no, sin contar para nada con ningún sistema de seguridad social, no es para ustedes desde luego una cifra y nada más: es dolor de compatriotas, es hambre, es enfermedad de la pobreza que reaparece, es la tuberculosis carcomiendo el corazón y los pulmones de nuestra juventud, es el chagas que avanza la deserción escolar, es mortalidad infantil, es hambre de nuestros niños.

Vamos a atacar entonces fundamentalmente el problema de la desocupación como lo decíamos recién, tal cual lo explicaba con el hambre. Y ustedes saben que hay un problema grave en nuestro país: dos millones y medio de familias viven en viviendas deficitarias, de las cuales un millón de familias viven en viviendas absolutamente deficitarias; es decir, en un problema mayúsculo, que tiene desde luego entidad propias pero cuya solución al mismo tiempo nos aporta la posibilidad de atacar el problema de la coyuntura y de la desocupación, porque cada 100.000 viviendas económicas que construyamos, damos trabajo a 300.000 obreros, directamente en la planta o en las industrias que pone en marcha. Y vamos a hacerlo!

Vamos a utilizar los fondos del FONAVI y del Banco Hipotecario Nacional, para organizar un nuevo sistema de créditos. Se acabó la 1050 en la Argentina! Vamos a apoyar al trabajador, que no logra concretar jamás el sueño de la vivienda propia; vamos a apoyar a las parejas jóvenes que están buscando un camino en nuestro país. Habrá créditos a corto plazo, del orden de los 25 años y serán pagadas las amortizaciones con un porcentaje del ingreso del jefe de familia, alrededor del 15%. Si ese porcentaje alcanza para el pago de los intereses y del capital y la deuda se salda antes, perfecto, pero si llegan los 25 años y la deuda no ha sido saldada, el Estado la salda, porque quiere decir que la sociedad lo explotó a ese trabajador si en 25 años no ha podido tener su vivienda digna.

Y vamos a apoyar estas respuestas a la justicia social sobre las bases sólidas de un aumento de la productividad, de la economía argentina en todos los aspectos: la pesca, la minería, y fundamentalmente la industria y el agro. Vamos a desarrollar nuestra industria aunque no tengamos divisas para importar bienes de capital, porque las consecuencias más graves, una de las consecuencias más graves de esta política económica que hemos sufrido es que ha hecho que la mitad ¡la mitad! de la maquinaria industrial esté paralizada. El 50% del utilaje industrial ocioso y como vamos a modificar el sistema financiero, vamos a ir con el gerente de Banco al lado, ante cualquier cortina metálica que esté baja, para preguntar qué capital de trabajo hace falta, y vamos a levantar decenas por día y miles de obreros volverán a trabajar por día en el país.

Fertilizantes y agroquímicos; le vamos a poner un piso a la República, y yo quiero aquí decir en esta zona rica, que vamos a los 50 y a los 60 millones de toneladas de grano en la Argentina, habrá créditos compatibles con la rentabilidad de la empresa, porque queremos al industrial trabajando al lado del torno, para el desarrollo del país. Queremos al industrial en el torno, trabajando para el desarrollo de la Argentina y al productor agrario en el campo y en el surco elaborando la grandeza de la Nación, y a ninguno corriendo detrás de los Gerentes de] Banco para cada vencimiento. Yo seria un demagogo si les dijera que de la noche a la mañana solucionamos todos los problemas; No es cierto! , pero sí les aseguro amigos de Rosario, de la noche a la mañana se acaba la injusticia, la corrupción, el especulado, el negociado en la argentina.

Termina ... termina la Argentina del desamparo, y llega la Argentina honesta que quiere a su gente, la Argentina del trabajo honrado. Yo les pido que matemos cada uno de nosotros al enemigo que tenemos cada uno dentro de nosotros mismos; que matemos al pesimismo, que matemos la frustración y el escepticismo, el cinismo a veces.

Vamos a arrancar! Vamos a salir de todo esto! Otros países tuvieron crisis más duras que las nuestras y salieron. Vamos a trabajar en serio para adentro, para respetar la dignidad del hombre. Vamos a empezar a caminar a favor del desarrollo de la civilización y de la historia.

Uno de los primeros mensajes que enviaré al Congreso de la Nación será una modificación del Código Penal, estableciendo pena para el homicidio que al torturador. Pero se acaba la tortura en la Argentina! No más baños de sangre. No más represión ilegal, todo en el marco de la ley, en el estado de derecho, del Imperio de la ley, para que los hombres nos inclinemos ante la ley, y que ningún hombre tenga que inclinarse jamás ante otro hombre. Vamos a ser respetados en el mundo porque vamos a lograr que se concrete la regla de oro de cualquier país civilizado, cualquiera sea el sistema de gobierno, que es la supeditación de los poderes militares, a los poderes institucionales de la Nación.

Cuando esto ocurra, cuando el pueblo en su conjunto defina los grandes objetivos nacionales, en esta marcha nueva que es la de un movimiento auténticamente popular, democrático, racional, transformador, que terminará con el privilegio en la Argentina. Cuando el pueblo en su totalidad defina estos grandes objetivos nacionales, nos van a respetar en el mundo.

Vamos a ir a reclamar la solidaridad de todas las democracias del mundo; y la vamos a tener porque no es cierto que la Argentina está desprestigiada en el mundo; está desprestigiada la dictadura argentina en el mundo, pero no el pueblo argentino! Vamos a luchar en serio, para terminar con la dependencia; vamos a abrazarnos con los pueblos de latinoamérica para luchar mejor contra el imperialismo; no nos van a cobrar intereses de usura para el pago de la deuda, no nos van a imponer recetas recesivas para nuestra economía, porque vamos a ser un país en serio, con una Nación en serio, en la que cada uno nos vamos a sentir constructores de nuestro propio futuro y constructores de la Nación en su conjunto. Vamos a ser un país de primer orden, nos van a respetar en el mundo!

Vamos a hacer valer nuestros derechos en el mundo y vamos a contar también con la solidaridad necesaria para hacer comprender definitivamente a todos los pueblos de la tierra nuestros derechos definitivos e incuestionables sobre las Islas Malvinas. Ese será el mejor homenaje a los muchachos que murieron.

Y lo lograremos, y no será porque seamos de pronto más inteligentes o de repente nos hayamos vuelto más talentosos ¡no! Es la marcha nueva hacia esa meta nueva, con un rumbo nuevo, con ese sentido moral, con esa lealtad también nueva, no con el pasado sino con el futuro que estamos obligados a construir, por nosotros y por nuestros hijos, es en definitiva la cuestión del pueblo argentino, es en definitiva la solidaridad, esa virtud social sin la cual no puede existir la democracia, es el esfuerzo de todos.

Vamos a ocupar entonces el lugar que nos corresponde entre las naciones de la tierra, vamos a defender nuestros intereses juntos, con los pueblos de América latina, y entonces será el momento de proclamar todos con mucha fuerza, en el mismo instante en que hemos recuperado nuestros derechos y nuestras libertades, pegamos un grito fuerte y capaz de sentirse en todos los rincones de la tierra para que todos los pueblos del mundo sepan perfectamente que nunca más jamás nadie en adelante nos roba ni de adentro ni de afuera al pueblo argentino.

Podemos entonces decir, con verdad y todos juntos, como en el himno, que: nace a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación, coronada su sien de laureles, y a sus plantas rendido un león!"


4.
DISCURSO DEL DOCTOR RAÚL ALFONSIN EN LA PLAZA DE LA REPUBLICA, EL DIA 27 DE OCTUBRE DE 1983.

ARGENTINOS:

Se acaba la dictadura militar. Se acaba la inmoralidad y la prepotencia. Se acaba el miedo y la represión. Se acaba el hambre obrero. Se acaban las fábricas muertas. Se acaba el imperio del dinero sobre el esfuerzo de la producción.

Se terminó, basta de ser extranjeros en nuestra tierra.

Argentinos, vamos todos a volver a ser los dueños del país. La Argentina será de su pueblo. Nace la democracia y renacen los argentinos .

Decidimos el país que queremos; estamos enfrentando el momento más decisivo del último siglo.

Y ya no va a haber ningún iluminado que venga a explicarnos cómo se construye la República. Ya no habrá más sectas de "nenes de papá", ni de adivinos, ni de uniformados, ni de matones para decirnos lo que tenemos que hacer con la Patria.

Ahora somos nosotros, el conjunto del pueblo, quienes va a decir cómo se construye el país. Y que nadie se equivoque, que la lucha electoral no confunda a nadie; no hay dos pueblos. Hay, dos dirigencias, dos posibilidades. Pero hay un solo pueblo.

Así, lo que vamos a decidir dentro de cuatro días es cuál de los dos proyectos populares de la Argentina va a tener la responsabilidad de conducir al país. Y aquí tampoco nadie debe confundirse. No son los objetivos nacionales los que nos diferencian sino los métodos y los hombres, para alcanzarlos.

No es suficiente levantar las banderas de justicia social, hay que construirla y hacer que permanezca. Las conquistas pasajeras, frágiles, las borran de un plumazo las dictaduras. Y entonces, es el pueblo el que paga los errores de los gobiernos populares.

No puede haber más equivocaciones. Hay que saber gobernar a la Argentina. Este no es un tiempo para improvisar, para debilitarse en luchas internas. Hay demasiado trabajo que hacer para que se carezca de la unidad de mano necesaria para enfrentar todos los problemas que nos deja la dictadura.

No alcanza declamar la libertad. Hay que tener historia de libertad para poder asegurarla. Si no vuelve el silencio, la represión y el miedo.

Lo que vamos a decidir es cuál de los dos proyectos populares está en mejores condiciones de lograr la libertad y la justicia social sin retrocesos, para éstas y las próximas generaciones de argentinos.

Los más altos dirigentes Justicialistas han dicho que las elecciones no las ganará ningún candidato sino que las va a ganar Perón, así como el Cid Campeador venció muerto una batalla.

Me pregunto como se preguntan millones de argentinos, entonces ¿ quién va a gobernar en la Argentina? Y me lo pregunto al igual que millones de argentinos, porque todos recordamos muy bien lo que ocurrió cuando murió Perón.

En ese momento se produjo una crisis de autoridad que ocasionó grandes daños al país. En esos años hubo quienes tomaron decisiones desacertadas, hubo quienes actuaron irresponsablemente, hubo quienes precedieron con buena voluntad y hubo quienes lo hicieron de manera criminal. Pero lo cierto es que sucedía algo más importante: nadie sabía realmente quién gobernaba en verdad a la Argentina. La crisis de autoridad creada por la muerte de Perón, al no poder ser resuelta por el partido gobernante, colocó a la Nación más allá de la voluntad, e incluso de la buena voluntad de los que deseaban fervientemente consolidar un gobierno popular al servicio del pueblo.

Asistimos entonces a un caos económico, al desorden social y a la escalada de la violencia. El llamado Rodrigazo inauguró hiperinflación y la especulación más desenfrenada. Esta inflación galopante, desatada en junio de 1975, implicó un despojo cotidiano sobre todos los salarios. La reacción justa e inevitable de los trabajadores ahondó un creciente desorden social.

Entretanto la acción de las 3 A, desplegada con toda intensidad e Impunidad, había suscitado un clima de violencia generalizada. Sobre este telón de fondo, en medio del caos económico y el desorden social, nos vimos envueltos en un juego enloquecido de terrorismo y represión que se fue ampliando de manera incontenible.

Nadie podrá reprochar jamás al radicalismo haber echado leña al fuego en esos años de desorientación y crisis. El radicalismo no Intentó aprovecharlos en su favor sino que puso todo su esfuerzo para que se mantuvieran las Instituciones de la República.

Pero la crisis de autoridad suscitada por la muerte de Perón resultó lnmanejable y tuvo consecuencias trágicas. La más evidente, que todos sufrimos, fue la de ofrecer el pretexto esperado por las minorías del privilegio para provocar el golpe de 1976 y sumir a la Nación Argentina en el régimen más oprobioso de toda su historia.

Vinieron con el pretexto de terminar con la especulación y desencadenaron una especulación gigantesca que desmanteló el aparato productivo del país, empobreció a la inmensa mayoría de los argentinos y enriqueció desmesuradamente a un minúsculo grupo de parásitos.

Vinieron con el pretexto de evitar la cesación de pagos ante el extranjero y endeudaron al país en forma que nadie hubiera podido Imaginar y sin dejar nada a cambio de una deuda inmensa.

Vinieron con el pretexto de eliminar la corrupción y terminaron corrompiendo todo, hasta las palabras más sagradas y los juramentos más solemnes.

Vinieron con el pretexto de restaurar la tranquilidad y se ocuparon de Imponer el temor a la Inmensa mayoría de los argentinos.

Vinieron con el pretexto de Instaurar el orden y acabar con la violencia y desataron una represión masiva, atroz e ilegal acarreando un drama tremendo para el país, cavando un foso de sangre deliberadamente impulsado por algunos grupos privilegiados con el designio de enfrentar definitivamente a las Fuerzas Armadas con el pueblo argentino a fin de entorpecer o impedir la vialidad de cualquier futuro gobierno popular.

Vinieron con el pretexto de imponer la paz e Incitaron a la guerra, hasta que, usando las aspiraciones más legítimas y sentidas por todos los argentinos, se embarcaron irresponsablemente en el conflicto de las Malvinas.

Nadie puede imaginar que sea responsable de estas tragedias la masa de hombres y mujeres argentinos que creían en Perón. Por el contrario, ellos, como la inmensa mayoría de los argentinos, han sido las víctimas de tales males.

Pero sería irresponsable no reconocer que la crisis de autoridad que siguió a la muerte de Perón desemboco en una situación inmanejable para el partido entonces gobernante. Así cundieron el desconcierto y el descreimiento y se dejó el campo libre para la aventura del régimen militar y los intereses espurios, de adentro y de afuera, que se encaramaron en el poder.

Es una lección amarga que los argentinos no podemos ni debemos olvidar porque sino las desgracias volverán a repetirse. Detrás de esa lección hay otra más profunda que tampoco deberemos olvidar. La crisis de autoridad que se vivió al morir Perón abrió una disputa por el poder en la que predominaron la prepotencia y la violencia. Pero con la prepotencia y la violencia no hay gobierno posible para el pueblo argentino: con ellas sólo se benefician los pequeños grupos que las manejan mientras casi todos los argentinos se perjudican. Peor aún: por ese camino corremos el peligro de quedarnos sin país.

Porque la violencia y la prepotencia son las que nos impiden construir. Es la prepotencia y la violencia alternativamente ejercida por uno y otros grupos minoritarios, ya sea la violencia física, económica, social, o política, la que nos obliga a comenzar siempre de nuevo, la que viene a destruir lo que a duras penas levantamos un día y nos fuerza a empezarlo otra vez al día siguiente. ¿Qué industria vamos a tener si cada dos o tres o cuatro años las fábricas se cierran y pasan otros tantos años para abrirlas otra vez y recomenzar casi de cero? ¿Qué sindicatos vamos a tener si los trabajadores se ven entorpecidos desde afuera o desde adentro para construirlos y perfeccionarlos a través del tiempo por su libre decisión, ejerciendo con pasión pero con tranquilidad la crítica que permite corregir errores y mejorar las cosas? ¿Qué educación vamos a tener si la intolerancia y la prepotencia lleva periódicamente a echar maestros y profesores, a cerrar aulas y laboratorios, a destruir una y otra vez en pocos días los que tanto trabajo y tantos años cuesta levantar en cada ocasión? Y así podríamos seguir con cada tema, con cada actividad. ¿Cómo nos vamos a quedar inermes ante los Intereses extranjeros si destruyéndonos una y otra vez a nosotros mismos somos incapaces de fortalecernos?

Los argentinos, casi todos los argentinos, tenemos en nuestra boca el amargo regusto de trabajar en vano, de arar en el mar porque periódicamente asistimos a la destrucción de nuestros esfuerzos.

Y todo esto ocurre porque el poder que se puede obtener con la violencia y la prepotencia sólo sirve para lo que ellas sirvan, es decir para destruir. Es poco o nada lo que se puede construir con la violencia y la prepotencia. Y así es como está nuestra desgraciada nación.

La crisis de autoridad sólo será resuelta restableciendo la autoridad, es decir la capacidad para conciliar, la aptitud para convencer y no para vencer.

Tendremos autoridad porque seremos capaces de convencer, porque estamos proponiendo lo que todos los argentinos sabemos que necesitamos: la paz y la tranquilidad de una convivencia en la que se respeten las discrepancias y en la que los esfuerzos para construir que hagamos cada día no sean destruidos mañana por la intolerancia y la violencia.

Proponerse convencer solo tiene sentido si estamos dispuestos también a que otros nos puedan convencer a nosotros, si aseguramos la libertad y la tolerancia entre los argentinos. Proclamamos estas ideas no sólo porque nos parecen mejores sino -y sobre todo- porque sabemos que constituyen el único método para que los argentinos nos pongamos a construir de una vez por todas nuestro Futuro. Esto es, simplemente, la democracia.

Y cuando denunciemos a quienes proponen, de uno u otro modo, perpetuar la violencia, la prepotencia o la Intolerancia como método de gobierno, no queremos ni nos importa denunciar a una o varias personas determinadas. Lo que nos preocupa, y lo que nunca dejará de preocuparnos, es impedir que ese método destructivo siga imperando en nuestra patria, que siga aniquilando los esfuerzos de todos los argentinos, que siga condenándonos, corno nos condenó hasta ahora, a ser un país en guerra consigo mismo.

Hay quienes creen, por tener demasiado metido dentro de sí mismos la prepotencia, o por soñar con soluciones mágicas e inmediatas, que ser tolerantes es ser débiles. Se confunden por completo. Para ser tolerantes y para hacer imperar la tolerancia se requiere mucho más firmeza que para ser prepotentes.

En primer lugar, se necesita firmeza consigo mismo para no caer en la tentación de abusar del propio poder ¡Cuánto mejor estaríamos hoy sí en las Fuerzas Armadas hubiera existido el buen criterio, el correcto criterio de usar las armas que el pueblo les entregó para defenderlo eficientemente contra las fuerzas armadas de otros países y no para ocupar el gobierno de la República!

¿Cuánto mejor estaríamos si casi todos los gobiernos no hubieran cedido a la tensión de declarar el estado de sitio -medida excepcional y extrema según la Constitución- para vencer sus dificultades en vez de procurar convencer a la población, aceptar sus críticas y garantizar el reemplazo pacífico de los gobernantes.

Pero también se requiere mucha firmeza para impedir, de una vez por todas, que vuelvan a triunfar los profetas de la prepotencia y de la violencia. Después de las desgracias que sufrimos el pueblo argentino entero habrá de impedirlo. Nunca más permitiremos que un pequeño grupo de iluminados, con o sin uniforme, pretenda erigirse en salvadores de la patria, mandándonos y pretendiendo que obedezcamos sin chistar. Porque sabemos que sólo podremos levantarnos de estas ruinas que nos oprimen mediante el esfuerzo libre y voluntario de todos, mediante el trabajo oscuro y cotidiano de cada uno. Ningún obstáculo será insuperable frente a la voluntad inmensa de un pueblo que se pone a trabajar si cerramos definitivamente el camino a la prepotencia y la violencia y la destrucción con la que nos amenazan.

Estas ideas constituyen nuestra primer propuesta básica: que sea claro el método con el que vamos a construir nuestro propio futuro, el método de la libertad y de la democracia.

Nuestra segunda propuesta fundamental, además del método con el que actuaremos, señala el punto de partida del camino que nos propondremos recorrer: el de la justicia social.

Es innecesario reiterar la gravedad de la situación actual del país, la peor de toda su historia. Pero sí es un deber de todos que hay quienes sufren más que otros. Nuestro punto de partida, que sabemos compartido por la inmensa mayoría de los argentinos, apela a un formidable esfuerzo de solidaridad y fraternidad con los que están más desamparados, con los que más necesitan entre todos los que necesitan. Vamos a construir el futuro de la Argentina y comenzaremos por construirlo ya mismo para quienes menos tienen.

Es por eso que yo hice un solo juramento: no habrá más niños con hambre entre los niños de la Argentina. Esos niños que sufren hambre son los más desamparados entre los desamparados y su condición nos marca con un estigma que debe avergonzarnos como hombres y como argentinos.

Nuestra apelación a la fraternidad y la solidaridad entre los argentinos es mucho más que un Impulso ético. Hay en ella un propósito político en el sentido más profundo de la palabra.

Porque la riqueza de un país no está en su territorio ni en sus bienes, ni en sus vacas ni en su petróleo: está en todos y cada uno de sus habitantes, en todos y cada uno de sus hombres y mujeres. Es el trabajo, la capacidad de creación de los seres humanos que lo habitan, lo que da sentido y riqueza a un país.

Por eso, cuando nos proponemos privilegiar el mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores más postergados estamos proponiendo rescatar, lo más rápidamente posible, la mayor fuente de nuestra riqueza, el mayor capital de nuestra patria: es la voluntad de terminar con la inacción a que fueron condenados millones de hombres y mujeres para que sumen su esfuerzo a los otros millones de hombres y mujeres que están trabajando. Es la voluntad de conseguir cuanto antes una mayor igualdad, para que todos los argentinos puedan tener iguales oportunidades de desplegar su esfuerzo creador y contribuir con él al bienestar de todos. Es voluntad de terminar con los que están injustamente relegados porque la sociedad no les ofrece ni les permite lo que debe ofrecerles y permitirles en la Argentina justa y generosa que vamos a construir. Es la voluntad de acabar con la falta de techo y comida,de educación y de salud que castigan a tantos compatriotas y que nos privan a todos de la contribución que podrían dar a la Nación. Es la voluntad de terminar con la discriminación ejercida contra nuestras mujeres argentinas por la subsistencia de y costumbres retrógradas.

Ese pueblo unido en el trabajo, en la libertad y en justicia social que vamos a tener constituirá la valla más formidable que los argentinos levantaremos para impedir nuevas frustraciones.

Sobre esa voluntad nuestro gobierno actuará con toda la energía y la firmeza que el pueblo está esperando para que nunca más los pequeños grupos de privilegiados de adentro ni los grandes intereses de afuera quiebren las instituciones y sometan a la Nación.

Y ahí no habrá ninguna antinomia, porque es falso que las haya, como son falsas las acusaciones que Imprudentemente algunos lanzaron.

No habrá radicales ni antiradicales, ni peronistas ni antiperonistas cuando se trate de terminar con los manejos de la patria financiera, con la especulación de un grupo parasitario enriquecido a costa de la miseria de los que producen y trabajan.

No habrá radicales ni antiradicales. ni peronistas ni antiperonistas cuando haya que impedir cualquier loca aventura militar que pretenda dar un nuevo golpe.

Sabemos que, como argentinos, son Innumerables quienes aprendieron que detrás de las palabras grandilocuentes con las que se incitan a los golpes están, ahora más que nunca, la avidez de unos pocos privilegiados dispuestos a arruinar al país y grandes Intereses extranjeros dispuestos a someterlo.

La inmensa mayoría de los argentinos, sin distinciones ni banderas, y el gobierno al frente, terminaran para siempre con cualquier tentativa de recrear la perversa e ilícita asociación de miembros de las cúpulas de las FFAA, formando un partido militar, para aliarse una vez más con la elite parasitaria de la patria financiera a fin de conquistar y usufructuar el poder en su propio beneficio.

No habrá radicales ni antiradicales, ni peronistas ni antiperonistas sino argentinos unidos para enfrentar el imperialismo en nuestra patria o para apoyar solidariamente a los países he manos que sufran sus ataques.

La construcción y la defensa de la Argentina la haremos marchando juntos, aceptando en libertad las discrepancias, respetando las diferencias de opinión, admitiendo sin reparos las controversias en el marco de nuestras instituciones porque así y sólo así podremos lograr la unión que necesitamos para salir adelante.

Una nación es una voluntad viviente y, al igual que los hombres, se templa con las desgracias. Las desgracias que sufrimos nos han templado y ese temple es indispensable para sobrellevar las dificultades que deberemos superar.

¡Y las vamos a superar!.

Tenemos el inmenso privilegio, entre los países del mundo, de disponer de un territorio extenso y lleno de posibilidades que esperan ser explotadas. Frente a un pueblo que despliegue con vigor su capacidad de trabajo y vaya construyendo piedra sobre piedra su futuro, impidiendo que nadie, nunca más, venga a destruir lo que vaya haciendo, no hay dificultad que no pueda superarse. Este es nuestro propósito, ésa es la voluntad en que nos empeñaremos todos los argentinos, ése será nuestro gobierno.

Y el símbolo que coronará nuestros esfuerzos, que expresará mejor que ningún otro la autoridad, la paz, la tolerancia, la continuidad del trabajo fructífero de la Nación, lo veremos dentro de seis años cuando entreguemos las instituciones intactas, la banda y el bastón de Presidente a quien el pueblo argentino haya elegido libre y voluntariamente.




5.
DISCURSO DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA NACION, DOCTOR RAUL R. ALFONSIN, EN LA UNIVERSIDAD DE EMORY, ATLANTA, EL DIA 17 DE NOVIEMBRE DE 1986.

Señoras y señores:

Consolidar la democracia en mi país y en mi continente es una de las obsesiones fundamentales que han guiado mi vida.

Considero por eso un honor y un privilegio que se me haya invitado a hablar ante quienes tan destacadamente han actuado y pensado en este tema. Es también un gran desafío poder exponer ante ustedes mis ideas, mis experiencias y mis esperanzas sobre una cuestión tan esencial.

En los últimos años hemos asistido a un vigoroso renacimiento de la democracia en América Latina. Donde algunos pocos imponían su voluntad al pueblo; hoy ha vuelto a imponerse la voluntad del pueblo. Donde reinaba la intolerancia y la persecución, hoy ha vuelto a florecer la tolerancia y la libertad. Donde se violaban los derechos humanos, hoy ha vuelto a reinar la ley y el sagrado respeto que la sociedad debe asegurar a cada individuo, donde dominaban la violencia e imperaba la fuerza, hoy vuelve a renacer la paz, a regir el derecho, a vivirse en concordia.

Para afrontar el desafío de consolidar la democracia recuperada debemos examinar qué impidió afianzarla en el pasado y qué amenaza su presente.

Una primera comprobación respecto del pasado nos lleva a discernir la presencia de factores internos y externos que conspiraron contra la estabilidad de las instituciones en nuestros países. Para decirlo en los términos más simples y obvios, hubo debilidades propias que nos perjudicaron y que, al mismo tiempo, abrieron el camino para que entraran intereses ajenos, más preocupados por el provecho que podían obtener que por el futuro de nuestros países y sus habitantes. Este doble juego de factores engendró interpretaciones extremas y opuestas sobre el origen de nuestros problemas, teorías que contaban con toda la fuerza y con toda la debilidad de las verdades a medias.

Para unos la fuente de todos los males y desgracias de nuestros países residió en la intervención extranjera, que expoliaba a los recursos y a los habitantes, favorecía el atraso y frustraba toda tentativa de progreso, estabilidad y libertad. Para otros, en cambio, la causa esencial del atraso, la inestabilidad y el autoritarismo que repentinamente nos afligían, fue una incurable incapacidad de afrontar y resolver los problemas propios.

Creo que los sufrimientos y dificultades que hemos vivido nos permiten enfocar los desafíos actuales con mayor equilibrio. Hoy sabemos que somos nosotros quienes debemos corregir por nuestra propia cuenta y con nuestro propio esfuerzo nuestras debilidades. Hoy somos conscientes, también, que debemos precavernos para que los grandes conflictos e intereses que agitan el mundo no ahonden los problemas propios y hagan imposible solucionarlos.

A partir de estas ideas desearía analizar, muy brevemente, algunas cuestiones y lecciones del pasado reciente, antes de referirme a los desafíos del presente.

Una primera cuestión de esencial importancia es la relación entre la vigencia de la democracia y la prosperidad económica. Los pueblos de Norteamérica y Europa, que han tenido éxito en la construcción de democracias sólidas y estables, saben por experiencia histórica hasta qué punto la continuidad de sus regímenes políticos, la permanencia y solidez de las libertades públicas y la concordia social, se afianzaron por el crecimiento económico y la prosperidad de sus pueblos.

Inversamente y asimismo por la experiencia histórica, también conocemos que cualquier democracia, aun con la mayor voluntad de permanencia, tropieza con enormes y a veces insuperables dificultades para sobrevivir en economías signadas por las crisis, el subdesarrollo, el hambre, el analfabetismo y la marginación. No es fácil preservar los valores democráticos cuando sectores enteros de un pueblo carecen de las posibilidades elementales de incorporarlos a su vida cotidiana, cuando la miseria despoja de su dignidad a los seres humanos, cuando la ausencia de opciones quita sentido a su libertad, cuando la ignorancia hace difícil valorar el respeto al disenso.

Esta otra realidad, que en América Latina estuvo y está a menudo presente, condujo más de una vez tanto a desestimar las posibilidades de vigencia de la democracia, como a poner en duda su eficacia para cambiar la realidad. Algunos llegaron a afirmar que la democracia era un lujo que sólo se podían permitir los pueblos ricos. Otros sostuvieron que la libertad, él pluralismo, el respeto al disenso y a la ley, oponian trabas insuperables para poner en marcha los cambios profundos que la economía precisa para asegurar un crecimiento sostenido. En suma, que primero era necesario crecer económicamente, para luego poder implantar la democracia.

Estas ideas no sólo se enunciaron. También se aplicaron como una de las tantas justificaciones para imponer regímenes autoritarios y dictatoriales de diverso signo. El resultado fue qué los regímenes autoritarios, con el pretexto de promover el crecimiento económico nos dejaron corno herencia la destrucción de la convivencia social y a menudo un mayor atraso económico.

La experiencia histórica nos enseñó así que la democracia no es ningún lujo para nosotros. A pesar de todo nuestros males y nuestros atrasos, nuestros pueblos son maduros y nuestras sociedades complejas. Como tales precisan la libertad, la tolerancia y el pluralismo de la democracia como forma idónea para asegurar la convivencia civilizada y pacífica en nuestras naciones. Y por las mismas razones, por su complejidad y por la madurez que ya poseen nuestras economías, sólo la democracia puede garantizar el consenso y la flexibilidad que exigen tanto las modificaciones profundas que debemos introducir, como las pautas claras que requiere el funcionamiento eficiente de nuestra vida económica.

Hay otra cuestión fundamental que marcó nuestro pasado reciente y que es necesario tener en cuenta en el presente. Nuestras naciones no viven aisladas sino inmersas en un mundo sanado por la confrontación ideológica y los conflictos prácticos. Es esta una realidad que debemos reconocer y examinar, ya que puede ocasionar, como ha ocurrido en ciertos momentos, confusiones y problemas.

Siempre he subrayado don énfasis, dentro y fuera de mi país, nuestra pertenencia a la cultura occidental, nuestra inclusión y participación en una civilización que tiene como principios rectores la libertad, la tolerancia, la aceptación de la diversidad, la búsqueda de la racionalidad. Como partícipes de esta cultura apreciamos y defendemos sus valores fundamentales sin ignorar, por cierto, algunos de los fenómenos aberrantes que en ocasiones ha producido -como el fascismo o el colonialismo-. Sabemos también que esta cultura, nuestra cultura, ha sabido sobreponerse y superar esas aberraciones combatiéndolas con denuedo. Creemos que en la creación de la democracia, esa democracia por cuya consolidación luchamos fervorosamente, se encuentra uno de los testimonios más enaltecedores de los logros de la cultura occidental. Nos consta, también, que uno de sus rasgos más promisorios reside en su aptitud para cuestionarse a sí misma y promover cambios permanentes en búsqueda de una mayor justicia, una mayor libertad, una mayor dignidad y un mayor respeto entre los hombres y los pueblos.

Paralelamente a la ubicación dentro de una cultura y una forma de concebir a nuestras sociedades y su futuro, es decir paralelamente a los datos básicos sobre los que se define una confrontación ideológica, se han ido desarrollando en el mundo un conjunto de conflictos políticos y militares, en los que la confrontación ideológica se han sumado intereses de defensa y protección de las grandes naciones involucradas. Esta otra dimensión de la confrontación entre el Este y el Oeste tuvo, como sabemos, impactos profundos en la historia reciente de nuestra legión.

Al colocarse en un primer plano de las relaciones internacionales los aspectos políticos y militares de la confrontación ideológica se tendió a enfocar desde esta perspectiva el complejo ámbito de las relaciones entre las naciones industrializadas del Norte y las naciones en desarrollo del Sur. Esto tuvo efectos devastadores sobre las frágiles democracias de nuestra región.

En primer lugar al introducir directamente un conjunto de conflictos agudos en sociedades que, como acabo de recordar, estaban agobiadas por sus graves problemas económicos y sociales de difícil solución y correlativamente, porque diversos grupos dentro de nuestras naciones cedieron a la tentación de manipular los enfrentamientos mundiales en apoyo de sus propios intereses y posiciones internas. De este modo fueron desbordadas las instituciones legales y políticas que tanto trabajo había costado crear y pasó a predominar la apelación a la fuerza y a la violencia para ejercer el poder y dirimir los conflictos.

Mientras algunos exaltaban la ideología de la violencia, otros imponían doctrinas de seguridad que llevaban a sacrificar, en nombre de una pretendida defensa de la civilización occidental, los derechos humanos, las libertades civiles y todos los grandes principios esenciales de la convivencia democrática.

Esta es una lección que no podemos ni debemos olvidar. Para consolidar la democracia que hemos conquistado, es indispensable evitar que los aspectos políticos y militares de la confrontación ideológica mundial vuelvan a dominar el escenario interno de nuestras naciones. Si no asistiremos una vez más a su manipulación por parte de quienes no aceptan las reglas de la democracia y veríamos desbordadas y destruidas las instituciones que hemos vuelto a poner en pie.

Una de ellas, a mi juicio de fundamental importancia, reside en las tendencias que marcan la evolución de la economía mundial y, en especial, las nuevas relaciones que se están estableciendo entre las economías desarrolladas y las economías en desarrollo.

Desde hace un par de siglos se produjo una creciente integración de las naciones en un mercado mundial. Las relaciones que se crearon beneficiaron frecuentemente más a unos que a otros, tanto cuando eran resultado de formas de dominación colonial directa como cuando reflejaron desequilibraos ostensibles entre los niveles de desarrollo de una y otra parte. En el transcurso del tiempo los vínculos se fueron modificando, aun cuando se mantuvieran múltiples inequidades. Así, por ejemplo, de la tradicional función de los países en desarrollo como
Proveedores de materias primas y alimentos a las naciones industdalizadas, se pasó en muchos casos a la implantación de industrias provenientes de estas naciones a fin de aprovechar la mano de obra más barata que ofrecían los países en desarrollo.

Frente a este cuadro tradicional que, repito, no se caracterizó por la justicia en la distribución de sus beneficios entre las partes, hoy comienza a vislumbrarse un cambio significativo. Los avances tecnológicos formidables que se han logrado en los países industrializados, avances que van desde la robotización que sustituye la mano de obra, hasta la biogenética que multiplica las posibilidades de producción de alimentos, indican una tendencia creciente a reducir las relaciones que se mantenían con las economías en desarrollo. Poco a poco vemos cómo se consolidan grandes espacios económicos dotados de una gran capacidad para impulsar o incorporar Profundos cambios tecnológicos, cómo el conjunto de relaciones económicas mundiales se va concentrando en el intercambio entre estos grandes espacios y cómo, en definitiva, muchas naciones en desarrollo van quedando Más y más marginadas de la economía mundial y de su evolución.

Estas tendencias son alarmantes para países como los nuestros y, más allá de los factores coyunturales que podemos vislumbrar, otorgan un carácter especialmente dramático a situaciones que hoy nos afectan de manera directa.

Pocas veces en toda su historia, en efecto, nuestros países han enfrentado una perspectiva económica externa tan sombría como la de la actualidad. Los precios de nuestras exportaciones tradicionales han descendido a los niveles más bajos del siglo, en ocasiones debido a una verdadera guerra de subsidios a su producción en las economías avanzadas, en otros casos porque en esas economías se desarrollaron sustitutos que reemplazaron a los bienes que exportábamos. Al mismo tiempo se nos discrimina cada vez más, tanto en la colocación de nuestros productos tradicionales corno en la de nuestros productos industriales. Y para coronar esta situación nos encontramos con la carga insoportable de una deuda externa en la que el mero pago de sus intereses absorbe una parte sustancial de nuestra capacidad de ahorro, mientras se ha cortado el flujo de capitales que tradicionalmente llegaba desde las naciones industrializadas. De esta manera, en el último quinquenio, Latinoamérica ha girado más de cien mil millones de dólares hacia los países desarrollados, amputando casi de cuajo nuestras posibilidades de invertir para reiniciar un crecimiento económico que precisamos desesperadamente.

Constituye una amarga paradoja que las democracias avanzadas, que nos alientan a consolidar nuestras renacientes democracias, sean las mismas que nos castigan discriminándonos comercialmente, haciendo bajar el precio de nuestras exportaciones al subsidiar productos competitivos con los nuestros, exigiéndonos con dureza el pago de una deuda que nos desangra, coartando, en suma, las escasas posibilidades que se nos abren para paliar una crisis que amenaza la sobrevivencia de la misma democracia que nos alientan a preservar.

Luego de trazar el panorama que enfrentamos es preciso exponer qué estamos haciendo y cómo pensamos actuar para consolidar nuestras democracias.

La experiencia nos muestra que el factor decisivo es la voluntad de los pueblos. Nuestra confianza en el porvenir de la Argentina y de otras naciones hermanas reside, precisamente, en la certidumbre de que nuestros pueblos tienen esa voluntad.

Sobre esta base de voluntad y de confianza hemos comenzado a consolidar el funcionamiento de las instituciones democráticas, de las libertades públicas, de los derechos individuales y de la vida política. Gracias a ello pudimos también tomar un conjunto de medidas profundas para sanear y normalizar el funcionamiento de nuestra economía. Entre ellas quiero destacar la reducción de la inflación y del déficit público. Son fenómenos que, cuando adquieren la magnitud que alcanzaron en la Argentina, corroen irremediablemente las posibilidades de asegurar una economía normal y, por consiguiente, bloquean las oportunidades del crecimiento
económico y la prosperidad del pueblo.

Para consolidar la democracia también es preciso asegurar la paz y, de acuerdo con las dolorosas lecciones del pasado reciente, precavernos para que los grandes conflictos internacionales no se sumen a los complicados problemas que tenemos que resolver dentro de nuestros países.

En la Argentina el gobierno democrático emprendió una intensa actividad internacional. Resolvimos el conflicto de límites que teníamos con Chile, estimulamos una vinculación intensa y permanente con los países democráticos de nuestra América Latina y, asimismo, junto a ellos procuramos y seguimos procurando encontrar una solución pacífica en América Central a través de la acción de Contadora y de su Grupo de Apoyo. Con el mismo espíritu esperamos poder resolver la controversia de soberanía sobre las Islas Malvinas que mantenemos con el Reino Unido -aunque aún su gobierno continúe intolerante- y aportar nuestro esfuerzo para contribuir a la paz en el mundo.

Quisiera aprovechar esta oportunidad para subrayar en el ámbito de las relaciones regionales, dos aspectos que considero íntimamente ligados con la consolidación de la democracia en América Latina.

No es por azar que prácticamente todos los países latinoamericanos recomiendan y trabajan activamente por lograr una solución pacífica al conflicto existente en América Central. Aparte de la solidaridad humana que nos une para evitar los horrores de una guerra a nuestros hermanos centroamericanos, también compartimos la preocupación frente a las ' consecuencias que tendrá sobre todo el continente la agudización del conflicto. Hemos vivido y hemos sufrido demasiado en el pasado como para no comprender hasta qué punto una solución honorable y razonable -que aún es posible lograr- contribuiría a afianzarla paz, la seguridad y la democracia en todo el continente.

Otro aspecto que creo importante mencionar es que, en estos años en que ha vuelto a florecer la democracia en América Latina, se ha producido un acercamiento extraordinario entre nuestros países, posiblemente debido a la profunda crisis que nos afecta por igual. No hay antecedentes en nuestra historia de semejante intensidad y frecuencia de contactos entre nuestras democracias que hoy representan más del 90% de la población y de la economía latinoamericanas. No existió antes una experiencia similar de reticencias que se disipan y acuerdos que se logran con rapidez asombrosa. No se registran en el pasado testimonios parecidos de una acción y una voluntad común que se manifiestan de inmediato frente a los problemas y necesidades comunes.

Es esta nueva realidad alentadora la que me lleva al último tema que deseo analizar con ustedes esta noche, a mi juicio el más trascendente para la consolidación de la democracia, la prosperidad, la paz y la seguridad en todo el continente.

Anteriormente mencioné cómo la evolución actual de la economía mundial marca una tendencia a la concentración creciente de las actividades dentro de grandes espacios económicos, a la intensificación de los intercambios internacionales entre estos grandes espacios y a una marginación progresiva de los países en desarrollo.

Ha llegado la hora de ponerse a crear, con rapidez, seriedad y eficacia, un gran espacio económico latinoamericano, no ya como aspiración secular sino como una necesidad imperiosa para que nuestras economías resulten viables y prósperas. En un mundo en que los Estados Unidos, la Comunidad Económica Europea, el Japón, la Unión Soviética y el COMECON, China y la India conforman cada uno de ellos mercados de centenares de millones de personas con productos anuales que están en el orden de magnitud de los billones (trillones) de dólares, no hay otro modo de adquirir capacidad para incorporar masivamente e impulsar el cambio tecnológico que constituye el factor fundamental de progreso y crecimiento en las economías modernas.

América Latina posee hoy, en conjunto, una población y un producto comparable ,al de esos grandes espacios económicos. Posee, además, un grado aceptable de industrialización y urbanización, junto con una infraestructura de energía, comunicaciones, transportes, educación y salud que, a pesar de sus carencias, le confiere sin embargo aptitud para configurar un gran espacio económico regional.

Las aspiraciones de una,integración económica latinoamericana tuvieron poco sustento mientras la dispersión y debilidad de las economías de nuestra s naciones no ofrecían oportunidades reales de ponerlas en marcha. Más tarde, cuando se desarrollaron las industrias, las ciudades, la provisión de energía, las comunicaciones, la educación, los transportes y los servicios de salud, ocurrió que las oportunidades de crecimiento dentro del sistema tradicional de intercambio comercial fueron suficientemente estimulantes para muchas naciones como para afrontar con decisión las dificultades y riesgos que implica un proceso de integración.

Hoy en cambio, este desafío abre una posibilidad, una alternativa frente a un mundo en el que se cierra un camino tras otro.

Hay otros elementos que se agregan para que ahora esta vieja aspiración cobre día a día mayor sentido.

Entre ellos adquiere singular relevancia el nuevo florecimiento de la democracia en nuestra región. Porque es evidente que para encarar seriamente la creación de un gran espacio económico comunitario entre un conjunto de naciones se necesitan condiciones políticas adecuadas. Precisamente la democracia ofrece no sólo las más , apropiadas, sino las únicas posibles, para lograr este tipo de acuerdos entre naciones cuyas sociedades y economías han alcanzado ya un grado importante de complejidad y sofisticación.

Un proyecto de esta dimensión plantea requerimientos y modificaciones significativas en la vida de cada uno de los países participantes, lo cual, para ser sólido y viable, exige un consenso de la población que sólo las democracias pueden solicitar y obtener. Por otra parte la conformación de una comunidad económica regional únicamente puede lograrse, entre países como los nuestros, gracias a acuerdos claros y cooperativos de asociación que no conlleven al predominio de una u otra nación. Difícilmente podría concebirse este tipo de acuerdos entre regímenes autoritarios, en tanto que por el contrario responden a la naturaleza y esencia de los sistemas democráticos. No es por azar que la Comunidad Económica Europea sólo haya podido fundarse y ampliarse, superando enemistades seculares, entre gobiernos democráticos.

Y no cabe duda, tampoco, que el florecimiento y la prosperidad económica alcanzada por esa Comunidad haya consolidado definitivamente la vigencia de la democracia entre sus miembros, al tiempo que contribuyó sustancialmente a fortalecer la paz y la seguridad en toda la región y sus zonas aledañas.

Otro factor favorable con el que hoy contamos reside en las profundas medidas de saneamiento económico que hemos estado adoptando en diversos países de nuestra región. Los esfuerzos para eliminar la inflación y por terminar con el desorden de las finanzas públicas constituyen aportes

indispensables para encarar seriamente formas sólidas de integración económica. Queda, naturalmente, mucho por hacer. Pero no cabe duda que estamos trabajando en la dirección correcta. Tomar conciencia de este hecho nos alienta porque demuestra que pueden irse despejando los obstáculos internos aparentemente más serios en contra de la creación de ese espacio económico regional.

Por último, la gran comunicación que hemos establecido entre los gobiernos democráticos nos permitió también revisar errores del pasado y tomar un conjunto de iniciativas.

Varias de ellas, las más importantes, tienen alcance preciso y limitado, como las que hemos iniciado con el Brasil; pero contienen ideas claras acerca de una estrategia progresiva y sólida para promover un proceso de integración. Al mismo tiempo que responden a propuestas factibles, hemos tenido en cuenta sus efectos indirectos y su capacidad para desencadenar formas crecientes de complementación. Nos preocupó, asimismo, estimular una intensa participación de los empresarios para que dieran contenido práctico y pusieran efectivamente en marcha los proyectos que se han elaborado. En síntesis, estarnos dispuestos a ensayar aproximaciones sucesivas, explorando a la vez diversos caminos para aprender y progresar con los éxitos que obtengamos y los fracasos que suframos. No hay, creo yo, otra manera de trabajar mejor.

Señoras y señores:

Nos hemos reunidos aquí para discutir de qué manera la comunidad interamericana puede contribuir a consolidar las democracias latinoamericanas. He querido subrayar que hoy nos enfrentarse' os a nuevas realidades que exigen nuevas soluciones. Pienso que son justamente las democracias quienes pueden encarar esos nuevos proyectos, abrir esos nuevos caminos.
Y creo que en la medida en que lo alcancemos lograremos también consolidar definitivamente nuestras democracias asegurando la prosperidad de nuestros pueblos.

La situación que hoy vive América Latina se asemeja en alguna manera a la que se planteó en Europa inmediatamente después de la guerra. Allí volvían a aparecer, incipientes y frágiles democracias donde habían reinado dictaduras y ocupaciones militares. Allí era preciso reconstruir economías enteras a partir de la terrible devastación dejada por la guerra. Allí era necesario buscar la concordia y la unidad entre naciones que se habían combatido y odiado.

Pocos proyectos podrían haber parecido más irrazonables e irrealizables. Sin duda habría sido irrazonable e irrealizable si no hubiera mediado la voluntad y el esfuerzo de pueblos y gobiernos, una voluntad y un esfuerzo cimentado en la conciencia de las terribles experiencias que se habían vivido y en el deseo de no repetirlas jamás.

Pero también habría sido imposible llevar a cabo estos proyectos si el resto del mundo, en particular los Estados Unidos, no hubiese comprendido que ante el desafío no era posible aplicar viejas fórmulas o repetir rutinas sino actuar con imaginación, buscando nuevas soluciones y nuevos procedimientos para afrontar los nuevos problemas.

Si en esa época hubiera prevalecido el interés de aprovechar la debilidad de los países destruidos por el conflicto, en beneficio de los que estaban prácticamente intactos, si en esa época se hubieran aplicado las viejas rutinas comerciales y financieras de la preguerra, hoy quizás Europa continuaría arruinada y el mundo se encontraría más pobre e inseguro. En cambio se imaginaron y pusieron en práctica respuestas novedosas, iniciativas antes desconocidas, se actuó, en suma, con mentalidad fresca y original, y la prosperidad que alcanzó Europa no fue en desmedro sino en beneficio de quienes cooperaron para obtenerla.

Hoy en América Latina han resurgido nuevamente democracias sobre la desolación política dejada por regímenes autoritarios. Pero las economías de nuestras naciones atraviesan la peor crisis del último medio siglo. Enfrentados a nuevos problemas en el mundo estamos buscando soluciones originales para todo un continente. Contarnos para ello con la voluntad de nuestros pueblos y nuestros gobiernos, dispuestos a trabajar seriamente, a corregir nuestros errores y a realizar sacrificios para hacer realidad una esperanza.

Entretanto las democracias avanzadas y prósperas nos miran con simpatía pero sin imaginación. Frente a una deuda externa que nos oprime y a un comercio internacional que nos agobia nos responden de manera rutinaria, como si nada hubiera cambiado y como si nada pudiera cambiar.

Y sin embargo todos sabemos que no es así, que en los últimos años se produjeron en el mundo cambios sustanciales tanto en las condiciones como en los flujos comerciales y financieros. Quienes nos dan respuestas adocenadas nos afirman que proceden con realismo y nos recomiendan ser realistas. Pero no es realista ignorar los cambios que ocurrieron y proceder como si nada hubiera sucedido. Es realista y práctico, en cambio, aguzar la imaginación y buscar conjuntamente nuevas soluciones para afrontar los nuevos problemas.

Por ejemplo, en este sentido, sugerimos que a fin de dotar de mayores recursos a los organismos multilaterales de crédito se exploren mecanismos para reciclar parte de los servicios de la deuda externa que tributan los países endeudados y parte de los excedentes comerciales de los países industrializados.

Los fondos que se podrían obtener de estas dos fuentes servirían para otorgar préstamos a largo plazo a tasas de interés concesionales para proyectos de gran impacto económico y social en los países en desarrollo. Estos préstamos complementarían una más activa financiación por parte de los organismos multilaterales de desarrollo.

Hoy, como hace cuarenta años en Europa, está en juego la suerte de un continente. ¿Tendrán las democracias ricas y avanzadas de la actualidad la imaginación y la audacia que se tuvo entonces?

Les pido que me dejen soñar por un momento e imaginar cómo sería dentro de una generación una Comunidad Económica Latinoamericana floreciente. Ante mis ojos se extiende un continente industrioso y próspero, donde están abiertas las oportunidades para que centenares de millones de seres humanos desplieguen su capacidad creadora con libertad, con dignidad y con justicia. Veo una actividad política bulliciosa y vivaz, en la que proliferan las discusiones y las polémicas dentro de instituciones respetadas y respetables. Veo una región estable que proporciona paz y seguridad al mundo.

Una generación, un cuarto de siglo, parece muy poco para tanto sueño y para tantos problemas como los que hoy sufrimos. Pero en Europa fue lo que separó las ruinas de 1945 de la prosperidad de 1970. ¿Acaso el tiempo es más corto o las tragedias son mayores para nosotros?

Si ustedes me preguntan, por último, qué estamos haciendo para consolidar nuestras democracias en América Latina, les contesto que estamos trabajando para hacer realidad ese sueño.

Y si me preguntan qué pueden hacer ustedes para consolidar nuestras democracias, sin vacilar les contesto qué empleen su imaginación para buscar nuevas soluciones a los problemas que hoy nos traban para hacer realidad ese sueño.

Si aunarnos nuestros esfuerzos es posible lograrlo. Y cuando dentro de una generación el sueño sea realidad podremos decir con orgullo: nosotros lo hicimos.

Gracias.



198317.jpg

Introduzca el contenido de soporte